Del Valle de Uco a Buenos Aires: dos jóvenes mendocinos que apuestan al handball y a su futuro
Santiago Araya y Leandro Gamboa tienen 17 años, nacieron deportivamente en Tunuyán y hoy transitan una experiencia que va mucho más allá del handball. Los dos dejaron el Valle de Uco para incorporarse a clubes de Buenos Aires, donde buscan mejorar su nivel, competir en un contexto más exigente y proyectar su futuro sin dejar de lado los estudios.
Los jugadores mendocinos compartieron su experiencia en el programa Mendoza Deportiva, de Multiplataforma 617, conducido por Daniel Yúdica. Allí contaron cómo llegaron al handball, qué encontraron en el deporte porteño y cuáles son los desafíos de vivir lejos de sus familias a una edad en la que muchos todavía están terminando la secundaria.
Araya juega en San Fernando, mientras que Gamboa se incorporó a Nuestra Señora de Luján. Aunque ambos comparten su formación en Tunuyán y la decisión de buscar nuevas oportunidades, sus experiencias cotidianas son diferentes.
De Tunuyán a un handball más rápido y exigente
La diferencia deportiva fue uno de los primeros aspectos que destacaron durante la entrevista. Jugar en Buenos Aires les permitió encontrarse con un ritmo más intenso, mayor exigencia física y menos tiempo para resolver cada jugada.
Gamboa, que se desempeña como central y también tiene funciones de lanzamiento, explicó que el juego porteño es mucho más rápido y físico. La velocidad de circulación de la pelota y la necesidad de tomar decisiones en menos tiempo lo obligaron a adaptarse a otra dinámica.
Araya, por su parte, juega como arquero y también percibió ese cambio desde una posición que exige reflejos, lectura de las acciones y capacidad de reacción ante lanzamientos cada vez más veloces.
El joven contó que comenzó a jugar como jugador de campo, pero terminó encontrando su lugar bajo los tres palos. Su experiencia previa con el arco en el fútbol también influyó en esa elección.
La adaptación como arquero requiere un trabajo específico. No alcanza con reaccionar ante la pelota: es necesario interpretar los movimientos del rival, anticipar la dirección del lanzamiento y reconocer cómo se prepara el brazo del atacante.
En Buenos Aires, Araya profundiza ese aprendizaje con el trabajo de formación de Matías Chedrese, después de haberse entrenado en Tunuyán con un entrenador al que identificó como el Pulpo de Tieck.
Dos caminos diferentes para llegar a Buenos Aires
La llegada de Gamboa a Nuestra Señora de Luján se produjo después de un torneo nacional de cadetes disputado en Bariloche. Allí, el equipo de Tunuyán se enfrentó con el conjunto bonaerense y, después de ese partido, el jugador se contactó con el entrenador para gestionar una prueba.
La experiencia deportiva terminó abriéndole una puerta. Gamboa viajó, se probó y quedó incorporado al club.
Actualmente vive en un departamento a cuatro cuadras de las instalaciones. Esa independencia, sin embargo, tiene un costo cotidiano que no siempre se advierte desde afuera.
A los 17 años, debe organizar sus comidas, lavar su ropa y resolver las tareas de la vida diaria sin la presencia de sus padres. En la entrevista reconoció que acostumbrarse a estar solo y lejos de sus afectos fue una de las partes más difíciles del proceso.
También encontró un punto de apoyo en el grupo de jugadores. En Luján hay chicos que llegaron desde distintas provincias, entre ellas Neuquén, y que atraviesan experiencias similares de adaptación.
Araya tiene una dinámica diferente. Viaja a Buenos Aires para jugar y se aloja en la casa de compañeros del club. Después de los partidos, regresa a Mendoza. Esa posibilidad de volver con frecuencia a su casa le permite vivir la experiencia con una distancia familiar menor.
Los dos, sin embargo, comparten el mismo objetivo: aprovechar la oportunidad de competir en un nivel superior y crecer como deportistas.
La distancia de la familia también se juega fuera de la cancha
El desarraigo apareció como uno de los temas más significativos de la charla. La exigencia deportiva no termina cuando finaliza un entrenamiento o un partido. También hay que adaptarse a otra ciudad, construir nuevos vínculos y aprender a manejar la distancia.
Gamboa contó que las videollamadas con su familia lo ayudan a sobrellevar los días lejos de Tunuyán. El contacto cotidiano permite mantener la cercanía, aunque no reemplaza la presencia de los afectos.
El jugador también reconoció que la adaptación es un proceso gradual. Desde que comenzó a vivir en Buenos Aires, a principios de año, fue aprendiendo a manejarse de manera más independiente.
La experiencia exige madurez y constancia, especialmente cuando los resultados deportivos no son los esperados o aparecen momentos de incertidumbre. Para los dos jóvenes, la decisión de irse implica aceptar esas dificultades como parte de una oportunidad que eligieron perseguir.
El handball mendocino busca acortar la brecha
Durante la entrevista, Mauricio Juan, vinculado al trabajo de formación del handball mendocino, planteó que la diferencia con Buenos Aires no se explica solamente por las condiciones de los equipos. También influye la cantidad de jugadores disponibles para entrenar y competir.
En las categorías formativas, contar con una base amplia permite aumentar la competencia interna y elevar el nivel. Por eso, destacó la importancia de fortalecer el trabajo desde edades tempranas.
Según explicó, durante 2026 comenzaron a desarrollar encuentros para los preinfantiles y existe la intención de ampliar ese trabajo a la categoría mini en la próxima temporada.
Juan también señaló que la categoría juniors puede cumplir una función importante en la transición entre juveniles y primera división. Muchos jugadores atraviesan una etapa en la que ya tienen edad y condiciones para avanzar, pero todavía necesitan continuidad y preparación antes de competir con los mayores.
La falta de esa instancia puede dificultar el desarrollo de los jóvenes y provocar que algunos abandonen la actividad. En Mendoza, la posibilidad de recuperar la categoría está en evaluación, aunque la estructura nacional de la Confederación Argentina de Handball no la contempla actualmente.
La experiencia de Araya y Gamboa permite observar esa diferencia desde adentro: ambos pueden entrenarse y competir en un entorno que les exige acelerar sus procesos de aprendizaje y adaptación.
El futuro también está fuera del handball
A pesar de que el deporte ocupa un lugar central en sus vidas, los dos jóvenes tienen proyectos que van más allá de la cancha.
Gamboa está terminando la secundaria y ya decidió que quiere estudiar Ingeniería de Alimentos en la Universidad de Buenos Aires (UBA). Su intención es instalarse en la capital durante el próximo año para comenzar la carrera.
La elección no fue inmediata. Primero pensó en Kinesiología, motivado por su vínculo con el deporte, y después evaluó otras alternativas, como Nutrición. Finalmente, se interesó por Ingeniería de Alimentos después de conversar con personas que conocían las posibilidades profesionales de esa formación.
Araya también está pensando en su futuro universitario. Su intención es estudiar Ingeniería en Energías y aprovechar la posibilidad de continuar viviendo cerca del club en el que juega.
Los proyectos académicos muestran que la apuesta deportiva no implica dejar de lado la formación. Por el contrario, ambos buscan combinar el crecimiento como jugadores con una carrera que les permita construir un futuro profesional.
A los 17 años, Araya y Gamboa todavía tienen mucho camino por recorrer. La experiencia en Buenos Aires les ofrece una competencia más exigente, pero también los obliga a desarrollar autonomía, organizar sus responsabilidades y tomar decisiones importantes.
Desde Tunuyán hasta los clubes porteños, los dos jóvenes representan una búsqueda que combina talento, formación y sacrificio. Su desafío es aprovechar cada entrenamiento y cada partido sin perder de vista que el futuro que están construyendo también se define fuera de la cancha.
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