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El dinero que llega sin crear una nueva deuda

Por Osvaldo Reyes

Cada mes se repite una escena en miles de hogares dominicanos. Suena el teléfono. Llegó el envío desde Nueva York, Boston, Madrid, Barcelona o alguna otra ciudad donde vive un familiar.

A veces son 200 dólares. Otras veces 300, 500 o más.

Ese dinero puede terminar pagando el supermercado, la universidad de un hijo, medicamentos, una factura de electricidad, parte del alquiler o, paradójicamente, la cuota de una deuda.

Pero tiene una característica que lo distingue de casi cualquier otro recurso financiero al alcance de una familia: cuando llega, no trae detrás una cuota para el próximo mes .

No tiene tasa de interés. No exige garantía. No aparece en el historial crediticio y tampoco obliga al receptor a devolverlo en 12, 24 o 60 meses.

La obligación, si existe, es de otra naturaleza: familiar, afectiva y muchas veces moral.

Ahí comienza a entenderse la verdadera dimensión de las remesas en República Dominicana.

Durante años hemos hablado de ellas como una cifra macroeconómica. Cada mes el Banco Central informa cuántos millones de dólares ingresaron, cuánto crecieron respecto al año anterior y cuáles fueron los principales países de origen.

Las cifras son enormes.

Entre enero y septiembre de 2026, República Dominicana recibió US$9,489.8 millones en remesas , 6.5 % más que durante el mismo período del año anterior. Solo en septiembre entraron US$1,057.1 millones.

Pero detrás de esos casi US$9,500 millones no hay únicamente una estadística de balanza de pagos.

Hay millones de decisiones familiares.

Está la dominicana que trabaja cuidando envejecientes en Nueva York y separa cada quincena una parte de su salario para enviarla a Santo Domingo.

Está quien trabaja en construcción en Nueva Jersey y manda dinero para terminar una vivienda en Santiago.

Está la mujer que limpia habitaciones de hotel en España y ayuda a pagar los estudios de un hijo que dejó en República Dominicana.

Y también está quien lleva años enviando dinero para medicamentos de sus padres.

En septiembre, más de ocho de cada diez dólares enviados formalmente al país desde el exterior provinieron de Estados Unidos . España ocupó el segundo lugar.

Eso convierte el mercado laboral estadounidense, aunque pocas veces lo pensemos así, en una variable que también termina influyendo en la economía de muchísimas familias dominicanas.

Si al dominicano que vive allá le va bien, probablemente pueda enviar más.

Si pierde horas de trabajo, enfrenta inflación, aumenta su alquiler o queda desempleado, el efecto puede sentirse meses después en una casa de Santo Domingo, San Francisco de Macorís, Baní, Azua o cualquier otra comunidad del país.

Por eso una remesa tampoco puede describirse simplemente como “dinero gratis”.

No lo es.

Alguien lo trabajó.

Y muchas veces quien lo envía tuvo que renunciar primero a algo.

Tal vez a una salida, unas vacaciones, comprar un vehículo mejor o ahorrar más para su propio futuro.

Cada envío representa una transferencia de capacidad de consumo desde una persona que emigró hacia una familia que permaneció en el país.

Lo interesante es lo que ocurre cuando ese dinero llega.

Estudios realizados en República Dominicana muestran que buena parte termina destinada al consumo habitual, salud, educación y pago de obligaciones , precisamente aquellos gastos que presionan con mayor frecuencia el presupuesto de los hogares.

Y aquí aparece la diferencia con el crédito.

Cuando una familia cubre una emergencia de RD$20,000 mediante una tarjeta o un préstamo, resolvió el problema de hoy, pero trasladó una parte al futuro.

El mes próximo llegará la cuota.

Y probablemente también los intereses.

Cuando esos mismos RD$20,000 llegan mediante una remesa familiar, el gasto también queda cubierto, pero el hogar no incorpora una nueva obligación financiera.

Eso no convierte las remesas en sustitutas del crédito ni significa que endeudarse sea necesariamente negativo.

El crédito correctamente utilizado permite comprar viviendas, vehículos, financiar empresas y realizar inversiones que difícilmente podrían pagarse de contado.

El problema comienza cuando se utiliza continuamente para financiar gastos ordinarios que los ingresos del hogar ya no pueden cubrir.

En República Dominicana no existe actualmente evidencia de un problema generalizado de sobreendeudamiento de las familias. De hecho, la Superintendencia de Bancos reportó recientemente una desaceleración en las tarjetas de crédito y una mejora en indicadores de riesgo. A julio de 2026 había 2.05 millones de tarjetahabientes y una cartera personal de tarjetas de aproximadamente RD$125,429 millones.

Pero eso no elimina una realidad doméstica: para muchas familias, el dinero enviado desde el exterior funciona como una segunda fuente de ingresos.

Y su importancia trasciende incluso a quienes reciben directamente el envío.

Cuando una persona utiliza una remesa para comprar alimentos, pagar una reparación, adquirir medicamentos o contratar un servicio, ese dinero vuelve a circular dentro de la economía dominicana.

Una investigación económica publicada por el Banco Central estimó que el consumo financiado mediante remesas está relacionado con alrededor del 4.5 % de los empleos del país .

Es decir, el dólar enviado desde el Bronx no termina cuando alguien lo retira en Santo Domingo.

Continúa circulando.

Pasa al supermercado, a la farmacia, al colmado, al colegio, al mecánico, al alquiler o a una pequeña empresa.

Pero depender demasiado de esa corriente también plantea riesgos.

Las remesas están condicionadas por economías que República Dominicana no controla. Una recesión en Estados Unidos, un deterioro del empleo de los migrantes o políticas migratorias que dificulten su inserción laboral podrían terminar afectando los ingresos de hogares dominicanos.

Por eso el objetivo de un país no debería ser simplemente celebrar que cada año recibe más remesas.

La verdadera aspiración debería ser que ese dinero, además de cubrir necesidades inmediatas, pueda transformarse progresivamente en ahorro, educación, vivienda, pequeños negocios e inversión.

También importa cuánto cuesta enviarlo.

Una diferencia aparentemente pequeña en la comisión puede representar millones de dólares cuando se multiplica por todos los envíos que llegan cada año.

Reducir costos, aumentar la competencia, facilitar transferencias digitales y garantizar seguridad no es únicamente modernizar una industria. Es lograr que una mayor proporción del esfuerzo realizado por el migrante llegue efectivamente a su familia.

Porque detrás de cada remesa dominicana existe algo que ninguna estadística mensual puede medir completamente.

Distancia.

Sacrificio.

Responsabilidad.

Y probablemente una conversación que se repite miles de veces:

“Avísame cuando te llegue”.

Tal vez ahí esté la verdadera definición de una remesa.

No es un crédito.

No es una dádiva.

Es dinero ganado lejos de casa que alguien decidió compartir con los suyos.

Contenido publicado originalmente en AtaRDecer . Para leer la nota completa, acceda a: El dinero que llega sin crear una nueva deuda

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