Los pioneros que no fueron tan pioneros

La TV argentina cumple 75 años. Desde su comienzo, el 17 de octubre de 1951, con la transmisión del acto por el Día de la Lealtad Peronista, en la creación de Canal 7 por parte del Estado nacional, se consolidó como el sector más relevante de las industrias culturales. A la edad de los brillantes, diferentes actores avizoran su final. Los capitales extranjeros se retiran del mercado local y la tele busca adaptarse a un entorno que cambia tecnológica y socioculturalmente.
En ese contexto, su desarrollo privado-comercial llega a los 65 años. ¿La edad de su jubilación? Con un dominio relevante de capitales nacionales en su control; niveles de concentración que vuelven sepia las normativas (el Grupo Vila-Manzano y sus socios son dueños de dos de los cuatro canales privados porteños) y traen recuerdos de la larga década neoliberal; caída en los niveles de audiencia y de generación de contenidos; desaparición de la ficción en sus grillas y la histórica concentración geográfica de la producción de contenidos, la (todavía) reina ejerce desde el área metropolitana de Buenos Aires.
Argentina fue el primer país del mundo en que se transmitió radio, en 1920, por iniciativa privada. En cuanto a la TV, las diferencias resultan significativas. Resultó el octavo país en que apareció, por las acciones del gobierno. Su desarrollo privado-comercial llegaría tiempo después, en la década de 1960. Sería con alta incidencia de capitales extranjeros y muchas dificultades para la identificación de esos primeros dueños como pioneros del desarrollo del negocio.
El 9 de julio de 1960 comenzó las transmisiones Canal 9, el primer emisor privado de la máquina cultural del siglo XX. Meses después se sumaba Canal 13 a una oferta que se completaría en julio de 1961 con Canal 11.
El sistema se había diseñado en 1957 a partir de la sanción del Decreto 15.460 y la entrega de licencias para operar los canales. Pero el comienzo de la TV privada en la Argentina incluyó dos trampas. La norma establecía tres prohibiciones: al ingreso de capitales extranjeros, a transmitir en red y a la participación del peronismo. Solo se cumplió la última. Como los licenciatarios originales no contaban con capital ni experiencia suficiente se “asociaron” con cadenas de EE.UU. que buscaban ampliar su mercado. Así, la ABC capitalizó a Telecenter, productora de Canal 9; la NBC financió Telerama, productora que alimentaba a Canal 11, y la CBS hizo lo propio con Proartel para Canal 13.
Recién a partir de 1965 se identifica la llegada al mercado de los primeros “empresarios de la tele”. Pero ese paso a manos “nacionales” no cambió la lógica productiva. Entre 1965 y 1971, compraron las productoras para explotar los canales: Alejandro Romay en el 9, Héctor Ricardo García en el 11 y Goar Mestre en el 13. Pero la de los “zares” fue una época breve. La expropiación y estatización en 1974 la desarticuló sin alterar la cadena. Y más allá de que Romay “recuperó” su canal en 1984, la privatización demoró hasta 1989.
Esos tres nombres fueron “los zares” de la TV, que a su llegada atravesaba un momento de expansión. Cada uno implementó un modelo de negocio cuya proposición de valor clave radicaba en la producción de contenidos de ficciones y programas “en vivo”, con figuras estelares identificadas con cada empresa, informativos y de debates, financiados por anuncios publicitarios y hasta con auspicio de programas que llegaban a incluir las marcas en los nombres de las emisiones. Fueron estos los primeros empresarios, pero con una llegada tardía a su desarrollo.
Desde su aparición, solo existen canales abiertos con capacidad productiva en grandes ciudades del país. Los de localidades de provincias se dedicaron históricamente a retransmitir contenidos mediante la asociación con las cabeceras porteñas y sus productoras. Nacía una cadena de valor que perduraría. Y el germen para la expansión del mercado de TV de pago.
EL MODELO PRIVADO
Así ha funcionado la cadena productiva en la Argentina para un sector de las industrias culturales dominado por el objetivo comercial, concentrado en su propiedad y en la geografía de producción. Así se consolidó un sistema con escasez de oferta y cobertura, dependencia tecnológica y de capitales extranjeros, menos de 50 canales en todo el país, pocas ciudades (Córdoba, Mendoza, Rosario, Bahía Blanca) con dos o más que retransmiten contenidos porteños y dependencia del sistema pago (cable y satélite) para llegar a la audiencia.
La historia reconoce un primer momento de capitales extranjeros. Fue breve y cumplió el objetivo de “domesticar” una audiencia emergente a un tipo de contenido que podría luego exportarse. Hay una segunda etapa, la de “los zares”, que no cambió nada ni duró mucho. La tercera responde al período de propiedad “estatal” pero no de “TV pública”. El cuarto momento es el de oro de la TV comercial: canales en manos de grupos oligopólicos y competencia fuerte. Luego vino la post devaluación, con las productoras como punta de lanza y la crisis actual, en el contexto del audiovisual ampliado.
La TV abierta está en su encrucijada: fragmentación de públicos, caída en los niveles de consumo, diversidad de tiempos de visionado y múltiples ventanas para la competencia. Pero todavía cumple un rol muy relevante.
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