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La alegoría poética de Hart Crane

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Una de las grandes voces de la poesía estadounidense del siglo XX pertenece a Hart Crane. Batiéndose el cobre para la posteridad dentro de un cosmos habitado por Fromm, Whitman, Emerson, Moore, Pound o Eliot, su virtuoso talento le hizo merecedor de una beca de creación literaria otorgada por la reputada Fundación Guggenheim. Su objetivo era, entonces, viajar a México (donde de hecho llegó) para escribir un poema largo, casi una epopeya, sobre la historia de Montezuma, tal como señala el profesor Waldo Frank en la Introducción de The collected poems . Pero el verdadero poema épico que nos ha legado, significativo por alegórico y, a su vez, caleidoscópico por monumental, fue The bridge . Antes de su precoz muerte por suicidio, Crane diseñó la arquitectura simbólica y textual de un puente que es correlato del famoso puente de Brooklyn. En este puente Crane lleva el mito personal hacia un estado de conciencia progresiva que asciende y desciende como las ánimas en la Comedia de Dante, continuando una senda alegórica donde se acumulan luces y sombras, donde uno gana y pierde, donde se llega a ser querido y despreciado al mismo tiempo, y donde, en definitiva, andar y desandar es una cuestión metafísica de depuración que permite hacer del pensamiento un caos digno de ser vivido. Esta senda alegórica también es comparable con El sueño de Escipión (libro VI de La república ) donde Cicerón proyecta una visión trascendental hacia el cielo, tratando de escudriñar ahí, en esa altura de premoniciones, en ese mosaico de pirotecnia y cuerpos celestes, el designio favorable —o no— que los astros sugieren sobre las cambiantes cuestiones políticas que influyen en la salubridad del buen gobierno. Esta sustancia existencial localizable en Dante y en Cicerón, aunque a su manera modernista, es la que Crane traslada al puente colgante, testigo de una ciudad que suena a la materialidad pionera y alienante del proceso de industrialización que intensificaba el aire de capitalismo presente ya en Nueva York. La construcción del puente, en el poema de Crane, lleva consigo la sospecha de intuir que el avance social y económico no siempre es confortable, por no decir equilibrado, y que una construcción de esas dimensiones parece esconder un complejo mayor, como lo puede ser la falta de tradición y, por tanto, de identidad histórica.

La ideología neoyorquina de los mass media no podía nublar el horizonte artístico de un autor cuyo juicio estético favorecía el sentido integrador del poema como molde de expectativas. Algo similar ideó Umberto Eco con la idea del “lector modelo”, que es aquel que neutraliza la desidia para insertarse en un mapa de referencias del que necesariamente ha de formar parte. Ese modélico lector es aquel que asume de buena gana la dificultad hermenéutica. Y eso se puede vincular con la exigencia literaria que propone Crane, donde la maraña conceptual está servida y se da por descontada. Pero no solo eso, sino que aparece objetivada de manera dinámica en la propia simbología de su obra mayor, porque, en efecto, el puente de Crane, como el de Brooklyn, está repleto de idas y venidas que hacen pertinente el desarrollo de la idea de camino como un conflicto que no se puede despejar sin, al menos, alterar de algún modo la misma idea de destino o meta, dado que la relación del puente con la vida cotidiana de las personas que lo cruzan es lo que da sentido al hecho cultural y económico de construirlo para compensar el sincretismo de variadas disciplinas y credos. En el puente de Crane existe el simultaneísmo. Sí, Crane supo comprender que la arquitectura también puede ser una vía del pensamiento que estructura y aloja incompatibilidades sin la grosera pretensión de resolverlas. Las cosas tienen que fluir así, ir de un lado a otro para que hablemos de equilibrio, de amaneceres, de poesía. Eso mismo ocurre en el puente cuando la luz no sucede a la sombra ni la sombra corrige el efecto engañoso de la luz. Ambos fenómenos intercambian posiciones lo mismo que los pasajeros se cruzan en una estación y dejan entre sí puntos de sutura que jamás llegan a reconocer ni ellos ni nosotros. El puente de Crane, adherido como está al vértigo, introduce el indulto de la costumbre de mirar hacia delante o hacia atrás. Apto para hacer planos de cine impresionista, el puente de Crane obliga a percibir en los retrovisores la mirada obsesiva de quien persigue un objetivo fuera de sí mismo. Esa construcción que vuelve y que retorna, que finge orden entre la hora escrita en una agenda y el acontecimiento que la sabotea, que es arte de ingeniería, que es conspiración contra el peso de los cuerpos y sus posibles versiones, que modifica la naturaleza y que administra distancias, esa construcción, digo, es la médula espinal del largo poema de Crane. Ahí, simultáneamente, sucedemos. Mientras tanto una cáscara de huevo rueda y va a dar a una zapatilla deportiva. Largo trayecto de la existencia y del absurdo. Abajo el río desordena los reflejos de cientos de edificios. Arriba Brooklyn fue una vez un primer ladrillo, un verso indeciso, tambaleante. Y hoy Crane (no su imagen) no está ni abajo ni arriba. Y aun así se le recorre cuando nace el movimiento simbólico.

Mirémoslo con perspectiva. Animales de otra escala, eso somos los lectores. Da igual si modélicos, empíricos o implícitos. Un libro nos recorre, igual que un puente, y al final encontramos algo que decir y que nos justifica. Esa alegoría sigue viva en el recuerdo de Crane, que conecta lo mitológico con el futuro, y la desolación de la modernidad con la fractura identitaria. Siempre entre dos orillas, el puente atraviesa el materialismo histórico para derrumbarse, irremisiblemente, en la metafísica personal de cada individuo. Aunque breve, la vida del poeta fue su obra, de gran ambición, haciendo de la experiencia nómada una suerte de energía contagiosa.

La entrada La alegoría poética de Hart Crane se publicó primero en El Diario Venezuela - elDiario.com .

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