La isla de las muñecas
Los mexicanos amamos el terror de una manera que pocos comprenden. El terror y el picante son dos cosas que podemos disfrutar tanto que puede desconcertar a quien no es de aquí. No es raro que este género de cine sea uno de nuestros preferidos —digo—, todo lo relacionado a los muertos y al misticismo ocupa una parte importante de nuestra identidad desde siempre. Por eso no fue sorpresa para mí ver una sala de cine llena de espectadores para atestiguar el estreno adelantado de una de las propuestas mexicanas de la temporada, y que llega a cines de todo el país esta semana, “La Isla de las muñecas”.
Basada en la leyenda de Xochimilco, esta cinta —escrita y dirigida por Homero McDonald Chávez— cuenta la conocida historia de cómo una niña se ahogó entre los lirios y su cuerpo no fue encontrado. Ahora, el joven y escéptico periodista Daniel Siller (interpretado por Patricio José), quien investiga rituales satánicos, se adentrará junto con un grupo de amigos para tratar de demostrar que esto es solo una farsa, aunque en realidad esté cayendo en una trampa mortal.
La premisa promete horror, pero lo verdaderamente escalofriante en esta historia no es el libreto, sino ver en los créditos a pilares de la actuación mexicana como Alejandro Tommasi (como Theo Siller), Isaura Espinoza, Gerardo Murguía y Sergio Reynoso, navegando entre diálogos imposibles.
No les voy a mentir, si bien desde el tráiler podemos esperar una propuesta de cine independiente —que incluso me recordó mucho a las producciones de cine B o cortos de bajo presupuesto de los 2000—, la animosidad de los asistentes, fieles a esa mexicanidad de la que les hablo, terminó por elevar mi emoción, siendo un metraje que realmente disfruté, pero el resultado en pantalla es otro.
Ver «La isla de las muñecas» fue un ejercicio de desconcierto absoluto. Una cinta con muchas decisiones técnicas y narrativas que resultan erróneas; actuaciones que oscilan entre la modulación acartonada de telenovela, sobrerreacción involuntariamente cómica y una edición y efectos visuales cuestionables.
Pero, todo esto que les digo no tiene que ser necesariamente malo. De algún modo, el filme puede posicionarse sin esfuerzo en la misma categoría de culto involuntario con entrañables como «Vacaciones del terror», con Pedrito Fernández —escuchado por mis oídos en tiempo real—. Es una de esas experiencias cinematográficas donde uno se pregunta constantemente cómo pasó esto y si la dirección se planteó realmente así para los actores que terminaron atrapados en este laberinto de plástico.
Dándole su lugar y entendiendo un poco más la producción, hay que mirar detrás de cámaras. Debido a las reducidas dimensiones y la estricta protección de la chinampa real en Xochimilco, la producción tuvo que buscar una locación secreta en Puebla para construir y escalar el set a las necesidades de la película. Para recrear la atmósfera tétrica, el equipo utilizó 2,830 muñecas reales hechas y caracterizadas minuciosamente por un equipo de profesionales durante meses. Estamos hablando de un importante esfuerzo y un grupo de personas comprometidas con su trabajo, eso es algo que nunca debe darse por sentado.
Aun así, lo visto en la gran pantalla se queda muy por debajo de lo que uno podría esperar para una historia tan conocida, aunque justo ahí también está su ventaja. Debo reconocer que, con todo, el proyecto tiene simpatía única y su salvador encanto reside en su absurdo. Las situaciones delirantes, los giros de tuerca estrafalarios y la acumulación de muñecas tétricas colgando de los árboles —que en teoría deberían aterrar— terminan por saturar la historia. Es ese cine tan francamente exagerado pero que se disfruta mucho con amigos, palomitas y la disposición a los excesos de una producción que, aunque todo a su alrededor se está derrumbando por momentos, se toma a sí misma muy en serio.
«La isla de las muñecas» no define nuestro cine, nos recuerda que toda interpretación es válida para todos los gustos y que el cine mexicano de género a veces sufre de tropiezos, pero incluso en sus peores momentos, logra regalarnos piezas de museo que quedarán grabadas en nuestra memoria colectiva, y esa también es una expresión del arte. Mala sí, eso es algo bueno, claro.
La entrada La isla de las muñecas se publicó primero en El Heraldo de Puebla .
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