El hombre que debia treinta y siete vidas
Dr. Arturo David Vásquez Urdiales
Por Arturo Vásquez Urdiales
Del libro: Los desterrados hijos de Eva
ESTIGMA V
Ficcionamiento mágico hipnótico en tres actos.
Acto I. El niño que viajaba con los expedientes
Oaxaca, 1968–2003.
David Gregorio nació en Oaxaca de Juárez el 9 de abril de 1968.
Su madre contó los dedos, le acomodó la cabeza y preguntó si aquel temblor de los labios era hambre.
Su padre llegó con una camisa arrugada y una libreta en el bolsillo. Anotó la hora. Después permaneció junto a la cama sin encontrar nada más que mereciera escribirse.
La madre se llamaba Elena. Daba clases en secundaria y preparatoria; corregía trabajos hasta que la casa se quedaba en silencio.
Tenía una paciencia que acababa cuando alguien confundía ignorancia con derecho a humillar.
David la vio regresar agotada y preparar otra vez la lección para un muchacho que apenas había aprendido a leer.
Su padre, Rafael, era abogado y escritor de fines de semana. Trabajaba como secretario judicial en el Tribunal Superior de Justicia del Estado de Oaxaca y en los destinos que le fueron encomendando. Escribía con una letra pequeña y regular.
En casa hacía versos. Había palabras que reservaba para los expedientes y otras que solamente podían entrar en un poema.
Nunca tuvo una conducta judicial impropia. La familia conoció estrecheces, cuentas aplazadas y zapatos reparados. David creció oyendo que una necesidad propia no autorizaba a comerciar con la desgracia ajena. Su padre decía aquello sin levantar la voz. La tranquilidad con que lo decía le daba más fuerza.
El niño lo acompañó por Oaxaca. Viajaban con carpetas amarradas, ropa para varios días y una bolsa donde Elena había puesto pan. Los caminos cambiaban de temperatura, de lengua y de olor. Rafael examinaba los documentos durante las esperas. David examinaba a las personas que aguardaban con ellos.
Conoció Juchitán y el viento del Istmo, que entraba por las mangas y levantaba las hojas antes de que pudieran sujetarlas.
En una oficina vio a una mujer apretar un papel contra el pecho mientras hablaba en zapoteco. Su padre esperó a que encontraran quién la ayudara a hacerse entender.
David preguntó por qué tardaban tanto.
—Ella lleva más tiempo esperando —respondió Rafael.
En Coixtlahuaca oyó que los apellidos podían conservar cosas que una persona ya no sabía explicar. En Silacayoápam descubrió hombres capaces de caminar durante horas para llegar a una oficina donde quizá les pidieran volver otro día. En Nochixtlán aprendió a reconocer la desesperación de quien acaba de perder un documento.
Su padre se detenía en los nombres. Los pronunciaba de nuevo cuando estaban mal escritos. Una letra equivocada podía dejar afuera a una persona entera. David empezó a mirar las carpetas como se miran habitaciones donde alguien ha quedado encerrado. A veces soñaba que oía golpes dentro de ellas.
En Santiago Yosondúa, después de una noche de lluvia, vio a un anciano secarse los pies antes de entrar. Había procurado conservar presentable lo poco que tenía. Rafael le ofreció una silla y le permitió hablar sin empezar a llenar una hoja. El niño recordaría aquella espera más que el motivo de la visita.
En Teposcolula encontró iglesias demasiado grandes para las casas que las rodeaban. En Villa Alta aprendió que algunas distancias sólo podían comprenderse después de recorrerlas. En Talea de Castro vio reunirse a una comunidad para resolver lo que una sola familia no alcanzaba a sostener.
Llegó a la Sierra Mixe, a tierras chontales de Oaxaca y a pueblos donde la montaña obligaba a moderar cualquier certeza. Su padre sabía trabajar entre expedientes, pero también sabía admitir cuándo necesitaba escuchar. David lo vio cerrar una carpeta para atender a un hombre que continuaba hablando.
Conoció Teotitlán del Camino, llamado también Teotitlán de Flores Magón, y Teotitlán del Valle.
Recordaba un calor seco, después el olor de la lana, colores que parecían haber conservado una conversación con la tierra.
En Jamiltepec el cuerpo aprendía otro ritmo; en Juquila las peticiones caminaban al lado de los peregrinos.
La costa le dio un mar que no sabía quedarse quieto. El Istmo le dio voces que podían llenar una casa antes de que entrara quien las pronunciaba. En un viaje fuera del estado llegaron hasta la Chontalpa, en Tabasco. David encontró otro calor, otra agua, otra manera de descubrir cuánto podía caber en la palabra pobreza.
Su padre lo dejaba preguntar.
A veces contestaba.
A veces reconocía que no tenía una respuesta que pudiera decir delante de aquellas personas.
David llevó una vida normal. Fue a la escuela, hizo amigos, tuvo vergüenza de sus zapatos y orgullo de cosas que después le parecerían pequeñas. Se enamoró sin saber qué hacer con la noticia. No vio apariciones durante su infancia ni conservó recuerdos que pudiera separar de un sueño.
Había, sin embargo, una imagen que regresaba. Una mesa, un hombre lastimado y una pluma en el suelo. Alguien le pedía que la recogiera. Él obedecía y sentía una vergüenza tan precisa que despertaba procurando lavarse las manos. Su madre atribuía aquellos sobresaltos al cansancio de los viajes.
Rafael se jubiló en 1985. Ordenó papeles, devolvió lo que pertenecía a la oficina y llevó a casa una caja con libros. David lo ayudó a cargarla. Le pareció que su padre regresaba con menos peso del que había llevado durante años. Después vio cómo se sentaba a escribir y comprendió que aún tenía cosas pendientes.
Ese mismo año David Gregorio ingresó al seminario. Tenía diecisiete años. Quería encontrar una forma de acompañar a los otros y creyó que podía aprenderla dentro de una casa donde la oración organizaba el día. Le gustaban las bibliotecas, el silencio de la capilla y la voz de quienes rezaban sin procurar ser oídos.
Permaneció casi tres años. Aprendió latín, disciplina y la incomodidad de distinguir entre un deseo noble y una vocación. Había días en que imaginaba toda la vida dentro de aquel recinto. Otros, una sola pregunta conseguía mostrarle cuánto de su certeza dependía de no salir.
Una madrugada despertó diciendo:
—Todavía falta la hermana.
Su compañero de cuarto le pidió que se callara. David no sabía de qué hermana había hablado. Encontró un papel junto a la cama y escribió la frase antes de que se deshiciera. Durante semanas intentó darle un sentido. Finalmente la guardó dentro de un libro.
Salió del seminario en 1988. Su padre lo escuchó sin convertir aquella decisión en un fracaso. Elena quiso saber cuándo empezaría a estudiar de nuevo. David agradeció la pregunta: contenía un porvenir. Dejó las letanías y pasó al mundo de las leyes, al dominio de legis, donde también había fórmulas, promesas y personas esperando.
Se hizo abogado en 1993. Le interesaban las palabras que podían modificar la vida de alguien y le preocupaba la facilidad con que podían utilizarse sin pensar en esa vida. Cuando un cliente le entregaba documentos, procuraba escuchar antes de revisar. Había aprendido esa costumbre viajando junto a su padre.
La imagen de la pluma regresó durante sus estudios.
Empezó a ver una costura entre dos superficies escritas. Había una gota oscura cerca de los signos. En el sueño sabía que podía conservar el empleo si evitaba preguntar de dónde venía. Despertaba con el asco de haber entendido demasiado.
En 1996 se acercó a un grupo masónico. Quería conocer sus símbolos, sus formas de estudio, su disciplina. Asistió con respeto y tardó poco en descubrir que no tenía vocación para permanecer allí. Las ceremonias le producían interés, pero no lograba convertir ese interés en pertenencia.
Fue entonces cuando conoció al arquitecto José Pérez y Pérez.
Tenía el grado treinta y tres y unas manos que parecían haber trabajado más de lo que contaban sus maneras.
Hablaba despacio. Podía examinar un plano durante largo tiempo antes de señalar una sola equivocación. Cuando alguien lo llamaba maestro, preguntaba primero qué necesitaba aprender.
José advirtió la indecisión de Gregorio.
—Puedes marcharte —le dijo—. Lo que has venido a buscar no siempre está en la casa donde empezaste a buscarlo.
El joven sintió alivio y vergüenza. El arquitecto no parecía ofendido. Le devolvió un libro que había dejado sobre la mesa y se quedó mirando sus dedos.
Durante un instante David pensó que lo reconocía de algún lugar. La impresión pasó, dejando un frío muy antiguo.
José le habló de otro círculo. Estudiaban símbolos, relatos de experiencias extrañas y los límites de la memoria.
Algunos se decían rosacruces; otros, herederos espirituales del Temple. En aquella fraternidad privada se encontraban personas que no compartían todas sus creencias, pero continuaban reuniéndose.
El arquitecto era su gran maestre. David Gregorio entraría como aprendiz.
Las primeras conversaciones ocurrieron en Oaxaca. Había libros, café, discusiones y silencios que no siempre significaban lo mismo para todos.
Gregorio aprendió a desconfiar de la solemnidad que procura resolver demasiado pronto una pregunta difícil. José lo dejaba objetar.
Una tarde el arquitecto le mostró una rosa tallada junto a una cruz.
David sintió olor a madera quemada.
José retiró la mano y ambos permanecieron callados.
En la primavera de 2003, cuando decidieron reunirse en la Ciudad de México, Gregorio pensó que empezaba otro viaje de estudio. Preparó ropa, documentos y una libreta. Su padre le preguntó dónde dormiría. Él contestó y procuró explicar qué iban a hacer.
Rafael escuchó hasta el final.
—Acuérdate de quién está sentado enfrente —le dijo.
David tomó la libreta.
Todavía no sabía cuánto iba a necesitar aquella frase.
Acto II. La casa donde el ciego empezó a ver.
Ciudad de México. 15–29 de mayo de 2003.
La casa estaba en Donceles. Tenía un patio estrecho, una escalera gastada y habitaciones donde los libros conservaban un olor que la humedad no terminaba de vencer.
La prestaba el padre Ignacio Montalbán, un jesuita español, superior de aquella residencia.
Algunos le decían abad y él dejaba pasar el apodo cuando tenía asuntos más urgentes que corregir.
El sacerdote trataba a José con una confianza hecha de desacuerdos.
Podían discutir durante una tarde y compartir después una cena sin volver a los argumentos.
Gregorio encontró allí una forma de amistad que le resultaba más convincente que muchos juramentos. Se acomodó entre los aprendices y abrió su libreta.
Había médicos, profesores, comerciantes y hombres que habían aprendido a conservar una expresión importante incluso cuando ignoraban de qué se hablaba. La fraternidad llevaba rosas junto a sus cruces y utilizaba nombres antiguos para reuniones celebradas en un país moderno, sobre las piedras de la vieja Nueva España.
Alguien propuso estudiar a una persona sometida a un sufrimiento extraordinario.
Otro lo dijo con menos cuidado:
—Traigamos al más jodido.
Se oyeron risas breves. El padre Ignacio miró a los presentes. José preguntó quién estaba dispuesto a salir y sentarse junto a esa persona antes de traerla. El silencio duró lo suficiente para que Gregorio entendiera cuánto podía cambiar una reunión cuando la curiosidad debía caminar.
Fue con un compañero hasta la Catedral Metropolitana.
Oyeron campanas, motores, vendedores. Cerca de una entrada encontraron un cuerpo apoyado sobre un cartón. Al principio Gregorio calculó noventa años. Después escuchó la voz y comprendió que había algo terrible en su manera de haber hecho aquel cálculo.
Se llamaba Tepotzin.
Tenía treinta y nueve.
Había nacido en 1964, en una casa del borde oriental del valle de México. Una abuela procedía de Tlaxcala. Su padre bebía hasta perder el camino de regreso; de su madre dejaron de tener noticias cuando él era demasiado pequeño para conservar una explicación. Quedó en manos de personas que apenas conseguían cuidarse.
Nació ciego. Bajo los párpados había órbitas malformadas, huecos que la piel no acababa de cubrir.
Las manos crecieron contraídas. Una pierna llevaba el cuerpo hacia un lado y
The full article is being collected. Available text is shown for now.