Mariátegui contra el terrorismo y el autoritarismo | Opinión

Jesús Ospina | Símbolos y gestos
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A casi un siglo del arresto de José Carlos Mariátegui y la clausura de la revista “Amauta”, su pensamiento desmonta tanto la violencia dogmática de la extrema izquierda, como el creciente autoritarismo que anula el debate democrático
Vivimos tiempos que oscilan entre la tentación autoritaria estatal y el extremismo político. Para entender mejor el proceso actual, revisaremos la postura de José Carlos Mariátegui cuando fue arrestado en junio de 1927. Previo a ello, en mayo, salió el número 9 de la revista «Amauta», donde intelectuales no comunistas como Jorge Basadre, Víctor Raúl Haya de la Torre, Dora Mayer y otros, analizaban el impacto del imperialismo, especialmente el norteamericano.
Según Ricardo Martínez de la Torre, la embajada de los Estados Unidos presionó al gobierno de Augusto B. Leguía para «que suspendiera la revista y persiguiera a sus redactores y colaboradores». Días después, Mariátegui fue detenido junto a más de cuarenta colaboradores bajo el cargo de «conspiración comunista». Entre ellos estaba el historiador Jorge Basadre, por su ensayo antiimperialista de ese número de «Amauta».
El respaldo fue inmediato desde América Latina, Europa, y otros países. Mariátegui rechazó ser parte de cualquier «complot folletinesco de subversión». Negó entretenerse en «confabulaciones absurdas». Reclamó que se le atribuyera «un poco de inteligencia y sinceridad» en sus convicciones, las cuales —afirmó— guardaban «rigurosa coherencia con mi actitud y mi doctrina», totalmente ajenas a «complots criollos».
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«La palabra revolución tiene otra acepción y otro sentido», añadió. No era el asalto violento al poder por un grupo iluminado, sino resultado de un cambio de estructuras consciente, consentido y generoso realizado por las mayorías. Por eso, el editorial del número 10 de Amauta, decía que lo sucedido fue un «incidente —que, en pocos meses, se ha quedado ya atrás en nuestra ruta». Además, dijo que fue un «accidente de trabajo».
Contra aventuras armadas
Como apreciamos, Mariátegui tuvo una concepción de revolución como un acto colectivo, voluntario y consciente. Esta no debía ser impuesta por la fuerza. Rechazó la violencia y la aventura conspirativa como métodos de acción política, e impugnó la pretensión de resolver a priori los conflictos mediante fusiles.
Desde luego, ello no significaba abdicar de la violencia legítima, como la insurrección establecida en el artículo 46 de nuestra Constitución frente a un golpe de Estado. En ese sentido, para Mariátegui, el uso de la fuerza como parte de un proceso revolucionario legítimo, se justificaba ante dictaduras u opresiones coloniales. Ella debía ser asumida para la liberación del país, y no para imponer dogmas o avasallar al opositor.
Por seguir a Mariátegui, refutamos el ideario del Movimiento por la Amnistía y Derechos Fundamentales (MOVADEF), sustentado en el «pensamiento Gonzalo», desarrollada por Abimael Guzmán, líder de Sendero Luminoso, que es una copia absurda, injusta y contrarrevolucionaria del maoísmo. El terror y la violencia brutal resultaban opuestos al pensamiento mariateguista. Mariátegui actuaba en democracia, por eso planteó que el Partido Socialista debía actuar pública, abierta y constitucionalmente, rechazando la clandestinidad y la conspiración.
Giro autoritario
Así como Mariátegui descalificó el extremismo armado, también combatió el autoritarismo y la intolerancia del Estado. Su trabajo ideológico atrajo la persecución y autoritarismo de Leguía, por la fuerza de sus ideas y propuestas, y del debate que promovía. Rechazó las presiones extranjeras que buscaban silenciar tras clausurar los espacios de deliberación.
Esta lección cobra relevancia, por la intolerancia hacia el que piensa distinto por sectores políticos que optan por la polarización y el avasallamiento. Así, Keiko Fujimori yerra al pretender imponer sus propuestas o reducir el debate político descalificando a sus oponentes. O, al parcializarse con sectores cuestionados de la Policía Nacional del Perú, y respaldar a ministros envueltos en actos de corrupción.
Como señala el analista Juan de la Puente, esta actitud representa un giro preocupante. En un momento en que el país requiere señales de entendimiento, apertura y puentes de diálogo, asistimos con alarma al cierre progresivo de las vías de deliberación y al quiebre de la posibilidad de alcanzar acuerdos mínimos.
Como advirtió César Hildebrandt, debemos rechazar el dogmatismo violento que evoca el pasado terrorista, y el autoritarismo que desprecia el debate y ata las instituciones. Así, la lección de Mariátegui sigue vigente, pues los cambios verdaderos y duraderos solo germinan y se pueden desarrollar en el terreno fértil de la libertad, el debate de ideas y la democracia.
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