Otra muni con el mismo tráfico
Parece viable que el arzuismo sea expulsado de la Ciudad de Guatemala en 2027, pero el legado nefasto no se corregirá en lustros.
Me inquieta que, finalmente, el arzuismo sea expulsado de la Muni, pero que no logremos rescatar la ciudad ni en cuatro u ocho años. Expongo seis argumentos:
Arzú tuvo aplanadora en el Congreso, contó con todos los alcaldes del departamento de Guatemala y no quiso crear la Región Metropolitana que manda la Constitución Política de la República porque, según yo, él despreciaba a los municipios pobres que se llevarían recursos de la capital. Esas decisiones requerían una posición de estadista que él no tenía y dejó un legado de administración articulado con las oportunidades de negocio solo para los suyos. Hoy en día, con una CC que no permite un manejo apropiado de desechos sólidos, imagine usted que un gobierno progresista quiera ordenar el crecimiento urbano.
El país en su conjunto carece de una ley marco e instrumentos de planeación territorial, y eso impacta en esta ciudad porque, aunque hubiera un Distrito Metropolitano, se requiere proteger cuencas, planear integralmente y los beneficios más importantes se verían lustros después. Es todavía peor el escenario cuando se evidencia la necesidad de corregir el alto riesgo existente para amplios sectores que sobreviven en laderas inestables y cuencas con alto riesgo de deslizamientos. Es decir, la gestión correctiva del riesgo es una deuda impagable para el Estado y, de nuevo, solo un gobierno progresista podría generar políticas públicas para iniciar apenas la reducción de riesgos, de la mano de una reducción del déficit habitacional.
La ideología individualista está implantada en la población, desde la motocicleta hasta el vehículo agrícola, aunque solo lo maneje una persona. La gente quiere menos tráfico, pero no asimila que la ruta para salir de este eterno estacionamiento es el transporte público: tren de superficie, metro de verdad, no un teleférico que no conecta áreas aisladas, buses articulados con vías exclusivas, seguridad integral y participación del Estado. Para revertir esa tara social es necesario vivir los beneficios del transporte público y, de nuevo, se trata de un asunto de Estado que trasciende, pero también atraviesa, a las municipalidades.
Para construir un proyecto nacionalista, liberal, si acaso socialdemócrata, no hay ni siquiera consensos mínimos ni articulación. Ojalá ocurran un día.
Los problemas de fondo creo que quedarán invisibilizados por la coyuntura electoral, en la cual el discurso se centrará en el tráfico y la seguridad como prioridades indiscutibles, sin ir a la raíz de los problemas y como medio para acceder a puestos de elección. De hecho, se intuye un discurso fascista que será descarado en las siguientes elecciones y, hasta ahora, nadie ha abordado coherentemente los puntos anteriores, al menos en el discurso público, que sin duda debe trascender a la Ciudad de Guatemala. El tráfico ya es insoportable a nivel nacional.
De los argumentos presentados, este es más controversial que los anteriores. Si un gobierno basado en un proyecto nacionalista y popular llegara al Gobierno por ocho o más años (no creo que ocurra), la coherencia mínima esperada es que dedique recursos en buena proporción a combatir la pobreza y la pobreza extrema: salud, educación, seguridad democrática, y dudo que haya recursos para acometer y resolver el problema del tráfico. Aclaro que mi posición pesimista tiene que ver con los movimientos de péndulo en Latinoamérica, donde cualquier gobierno progresista necesita mostrar resultados impresionantes para tener la viabilidad de extender el proyecto político y vencer en las urnas a la maquinaria de propaganda fascista.
Finalmente, entre las mafias emergentes y las mafias con pedigrí representadas en el CACIF, existe una resistencia atávica a cualquier cambio, a cualquier indicio de que el Estado cumpla con su deber y regule, planee, corrija y gobierne para la mayoría. Para eso compraron magistrados repugnantes que no solo validaron el fraude en la USAC, sino que descarrilarán cualquier intento de gobernar de manera nacionalista y a favor de las personas más vulnerables. En Guatemala, cualquier imbécil puede mantener los privilegios de la élite depredadora e ignorar el mandato constitucional. Para esa tarea existe una reserva inagotable. Para construir un proyecto nacionalista, liberal, si acaso socialdemócrata, no hay ni siquiera consensos mínimos ni articulación. Ojalá ocurran un día.
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