El miedo: nuestro mejor amigo y maestro

Por Isaías Celedón Cotes
Psicólogo y Escritor
“Sin miedo, lo malo se convierte en bueno, las calles se confunden con el cielo y nos volvemos más sobrevolando el cielo”.
Chopra
El otro día iba caminando por una calle de mi pueblo cuando levanté la cabeza y me encontré con el Cerro Pintao.
Lo he visto toda la vida. Ha estado ahí mientras yo crecía, mientras tomaba decisiones, cuando acertaba y también mientras me equivocaba. He pasado frente a él tantas veces que terminó convirtiéndose en parte del paisaje, en esas cosas que uno conoce tanto que deja de mirar. Pero aquella mañana me detuve unos segundos. La montaña seguía en el mismo lugar. El que había cambiado era yo.
Quizá por eso pensé en el miedo. A mis setenta años no puedo decir que haya aprendido a vivir sin miedo. Lo he sentido antes de tomar decisiones, al comenzar caminos nuevos y frente a situaciones que no podía controlar. También conozco ese miedo silencioso que no grita, pero susurra: «espera», «no es el momento», «¿y si sale mal?».
Y algunas veces le hice caso.
Con los años he entendido que no siempre fue un error. El miedo también me ha protegido. Me ha obligado a detenerme, a pensar mejor, a reconocer mis límites y a no confundir valentía con imprudencia. Hay temores que llegan para advertirnos de algo que necesitamos mirar con cuidado.
El problema empieza cuando esa advertencia se convierte en una orden. Entonces comenzamos a aplazar. Una conversación, un viaje, un proyecto, una decisión. Yo también he utilizado palabras aparentemente sensatas para esconder alguna inseguridad: prudencia, experiencia, esperar un poco más.
Después entendí que esperar también puede convertirse en una forma de renunciar.
La vida me ha enseñado esto de una manera que ningún libro podría hacerlo. He conocido pérdidas, despedidas, decepciones y momentos en los que las cosas no salieron como esperaba. He tenido que aceptar que no siempre podemos escoger lo que nos sucede y que algunas respuestas llegan después, cuando uno ya puede mirar lo ocurrido con cierta distancia.
No quiero decir que el dolor nos haga mejores. Hay dolores que simplemente duelen. Pero algunas experiencias terminan mostrándonos una fortaleza que desconocíamos. Uno cae y aprende a levantarse; pierde y descubre que todavía puede amar; se equivoca y vuelve a comenzar.
Quizá por eso ya no quiero expulsar el miedo de mi vida. Prefiero escucharlo. A veces tiene algo importante que decirme. Otras veces descubro que solo intenta mantenerme donde todo resulta conocido.
Porque una cosa es tener miedo y otra muy distinta vivir obedeciéndole. A esta edad no quiero gastar demasiado tiempo preguntándome qué podría salir mal. Sé que siempre habrá algo que puede salir mal. Me interesa más preguntarme qué puede ocurrir si me atrevo: qué camino puede aparecer, qué experiencia puedo vivir, qué parte de mí todavía no conozco.
No sé cuántos amaneceres me quedan. Nadie lo sabe. Pero sí sé que los que ya pasaron no regresan. Por eso quiero aprovechar mejor los que todavía tengo: escribir, viajar, componer canciones, conversar, hablar en público,abrazar, crear, equivocarme y comenzar de nuevo cuando sea necesario.
Cuando el miedo vuelve a tocar la puerta, trato de no cerrársela. Lo escucho. A veces tiene razón. Otras veces descubro que solo quiere mantenerme donde todo resulta conocido.Entonces levanto la cabeza.
Eso fue lo que me ocurrió aquella mañana frente al Cerro Pintao en Villanueva.Después de tantos años de verlo, lo contemplé como si fuera la primera vez. No había cambiado la montaña. Había cambiado mi mirada.
Tal vez con la vida nos pase lo mismo. Hay cosas que han estado frente a nosotros durante años y no las vemos porque estamos demasiado ocupados mirando el suelo.Los psicológicos le llaman a esta experiencia automatismo.
Por eso, cuando sientas que estás aplazando algo importante, quizá no tengas que buscar inmediatamente una respuesta. Tal vez baste con preguntarte si realmente necesitas esperar o si has dejado que tus temores decidan por ti.
De vez en cuando, levanta la cabeza. Mira lo que tienes delante, pero también lo que está arriba. Quizá descubras que el paisaje siempre estuvo ahí.
Quizá el que necesitaba cambiar la manera de mirarlo eras tú.Como diría el poeta: si cambiamos la forma de mirar las cosas,haremos que las cosas que vemos cambien.
Porque sin miedo, las calles se confunden con el cielo.
