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DE CANTÓN A MAZATLÁN: UNA HISTORIA QUE TAMBIÉN ES NUESTRA

Llegaron por mar, cultivaron la tierra, abrieron comercios y formaron familias. También enfrentaron años de persecución. Más de un siglo después, la herencia de la comunidad china sigue presente en los sabores, los apellidos y las tradiciones de Mazatlán.

Hay historias de Mazatlán que se conservan en los libros, otras en las fotografías familiares y algunas, quizá las más entrañables, alrededor de una mesa.

Para muchos mazatlecos, la memoria de la comunidad china tiene el aroma de un arroz recién preparado, el sabor de la comida cantonesa y el recuerdo de restaurantes a los que acudían con sus padres y abuelos. Para otros, está en una antigua tienda del Centro, en los apellidos de amigos de toda la vida o en una reina que recorrió el Malecón durante el Carnaval.

Pero esta historia comenzó mucho antes de que esos restaurantes se convirtieran en lugares familiares. Comenzó con hombres que cruzaron el océano buscando una oportunidad y que, con el paso de las generaciones, hicieron de Mazatlán su hogar.

Los primeros viajes: de China al Pacífico mexicano

La presencia china en Mazatlán se remonta a mediados del siglo XIX, cuando el puerto comenzaba a consolidarse como uno de los principales puntos comerciales del Pacífico mexicano.

El historiador Arturo Román Alarcón documenta que parte de aquella migración llegó por vía marítima, principalmente a través de San Francisco, California, en una época en que los barcos conectaban a viajeros, mercancías y trabajadores de distintos continentes.

Provenían principalmente del sur de China, de regiones como Cantón, actualmente Guangzhou y sus alrededores. Muchos dejaban atrás dificultades económicas, conflictos y condiciones de vida que los impulsaban a buscar nuevas oportunidades al otro lado del océano.

Algunos habían pasado primero por Estados Unidos. Otros encontraron en México un lugar donde comenzar de nuevo.

Entre las referencias más antiguas aparece el nombre de José Wong Song, de quien existen noticias como propietario de una sastrería en Mazatlán desde 1841.

Para 1854, los registros ya contabilizaban 20 personas de origen chino en el puerto, muchas de ellas dedicadas a la cocina en casas particulares.

La migración continuó durante las siguientes décadas. El Tratado de Amistad, Comercio y Navegación firmado entre México y China en 1899 facilitó nuevas llegadas, en un periodo en que también se buscaban trabajadores para ferrocarriles, minas y actividades agrícolas.

Para entonces, la cocina china ya comenzaba a formar parte de la vida cotidiana de Mazatlán. En 1897 funcionaban dos fondas de propietarios chinos en la antigua calle Puerto Viejo, hoy Cinco de Mayo.

Es decir, cuando el siglo XX apenas estaba por comenzar, aquellos primeros inmigrantes ya habían comenzado a escribir una historia que terminaría formando parte de la identidad del puerto.

De los huertos y las zapaterías a las grandes tiendas

Los primeros inmigrantes no llegaron todos como comerciantes establecidos. Muchos comenzaron trabajando como cocineros, empleados domésticos, agricultores, hortelanos, lavanderos o zapateros.

Con sus ahorros, algunos lograron abrir pequeños establecimientos y después negocios de mayor tamaño.

Las llamadas huertas de los chinos quedaron en la memoria de zonas como Urías y la actual colonia Reforma. Sus cultivos ayudaban a surtir de verduras y legumbres a los mercados locales.

Otros se dedicaron al comercio de abarrotes, la confección de ropa, la reparación de calzado y la venta de diversos productos.

Poco a poco, sus tiendas se volvieron parte de la vida cotidiana. Eran lugares donde los vecinos compraban alimentos, mercancías y artículos necesarios para el hogar.

Su presencia comercial llegó a ser considerable. Un registro histórico de 1919 contabilizó 323 residentes chinos en Mazatlán, mientras que un informe comercial de ese mismo periodo registró 70 establecimientos de propietarios chinos.

Detrás de esas cifras había pequeños negocios familiares, talleres, proveedores y personas que participaban diariamente en la economía porteña.

Entre las sociedades mercantiles documentadas aparecen nombres como Yuen Fo Sam y Compañía y Ley Hermanos, ambas con capital registrado en 1925.

La aportación no se limitó a las tiendas. Algunos comerciantes también diversificaron sus actividades hacia pequeñas industrias y otras inversiones.

La historia de estas empresas recuerda que la participación china en el desarrollo comercial de Sinaloa comenzó mucho antes de los establecimientos que hoy conocemos.

Y hay una trayectoria que conecta especialmente con el puerto: la de Juan Ley Fong.

De acuerdo con los relatos familiares, siendo niño viajó como polizón en un barco que terminó llevándolo a Mazatlán, donde recibió apoyo de integrantes de la comunidad china.

Con el paso de los años se dedicó a distintos negocios y su familia desarrolló una de las historias empresariales más conocidas de Sinaloa: Casa Ley, fundada en Culiacán en 1954.

Como tantos otros inmigrantes, su historia comenzó lejos de casa, con incertidumbre, trabajo y una oportunidad encontrada en tierras mexicanas.

Una etapa difícil que no debe olvidarse

La integración de la comunidad china no estuvo libre de obstáculos.

Desde finales del siglo XIX comenzaron a aparecer expresiones de rechazo contra los inmigrantes, pero fue durante las primeras décadas del siglo XX cuando las campañas antichinas adquirieron mayor fuerza.

Diversos grupos de comerciantes y organizaciones nacionalistas promovieron restricciones, argumentando que los negocios chinos representaban una amenaza para los establecimientos mexicanos.

Las tensiones económicas, las dificultades posteriores a la Revolución y la crisis iniciada en 1929 fueron utilizadas para impulsar medidas contra esta comunidad.

A las diferencias comerciales se sumaron prejuicios raciales que derivaron en discriminación, restricciones laborales, hostigamiento y expulsiones.

En Sinaloa se organizaron campañas que buscaron limitar la actividad económica de los residentes chinos y presionar para que abandonaran el estado.

Entre 1931 y 1933, la situación se agravó.

Hubo cierres de establecimientos, despojos y desplazamientos. Durante el gobierno de Macario Gaxiola se intentaron frenar algunas de estas acciones, pero las expulsiones se intensificaron durante la administración de Manuel Páez, iniciada en enero de 1933.

No todos los afectados fueron enviados directamente a China. Muchos tuvieron que trasladarse a otros estados mexicanos, dejando atrás negocios, propiedades y años de trabajo.

Las consecuencias alcanzaron también a esposas mexicanas, hijos y familias enteras que ya habían construido sus vidas en Sinaloa.

Algunos encontraron la manera de permanecer. Otros obtuvieron la nacionalidad mexicana o recurrieron a procedimientos legales para proteger sus derechos. Muchos más tuvieron que comenzar nuevamente en otros lugares.

Aquella etapa dejó heridas que permanecieron durante generaciones.

Contar esta parte de la historia importa porque ayuda a comprender que los comercios y apellidos que sobrevivieron representan mucho más que negocios: son testimonio de familias que conservaron sus vínculos con Mazatlán aun en los momentos más difíciles.

La Fama: una historia que todavía huele a café y pan dulce

Entre los negocios desaparecidos que permanecen en la memoria del Mazatlán antiguo, La Fama merece un lugar especial.

Fue creada por los hermanos Luis N. Bect y Francisco Ung Yen, cuyos nombres originales eran Ng Chun Bi y Ng Chun Yen.

Originarios de una familia de la región de Cantón, encontraron en Mazatlán el lugar donde desarrollar una historia empresarial y familiar que sería recordada por varias generaciones.

La Fama comenzó como un pequeño negocio de venta de productos y alimentos. Con los años pasó por distintas ubicaciones y es especialmente recordada por su etapa en el Edificio Medrano, en la esquina de Carnaval y Mariano Escobedo.

No era solamente una tienda.

Allí se vendían abarrotes y dulces, se preparaban pasteles, se tostaba café y se elaboraban las célebres soletas: pequeños bizcochos azucarados que muchos mazatlecos disfrutaban acompañados de una taza caliente.

También se horneaban pavos para las celebraciones familiares y se preparaban otros panes y postres.

En determinadas épocas, especialmente durante Navidad y Año Nuevo, La Fama se convertía en un lugar de encuentro para quienes buscaban algo especial para compartir en casa.

Los clientes acudían a comprar, pero también a conversar. Los empleados conocían a las familias y los niños crecían reconociendo los sabores de aquel establecimiento.

Con el tiempo, La Fama terminó convertida en uno de esos negocios que dan personalidad a una ciudad.

Su historia, reconstruida mediante fotografías, documentos y recuerdos de descendientes, permite conocer otra dimensión de la migración: la de quienes se casaron, tuvieron hijos, compartieron costumbres y dejaron recuerdos que todavía forman parte del Mazatlán de antaño.

Aunque sus puertas cerraron hace décadas, quienes alcanzaron a conocerla todavía recuerdan sus pasteles, su café y aquellas famosas soletas.

Porque hay comercios que desaparecen físicamente, pero nunca se van del todo de la memoria de una ciudad.

Los restaurantes que se volvieron parte de nuestra vida

Hablar de la comunidad china de Mazatlán es también hablar de su cocina.

Para distintas generaciones de porteños, salir a comer comida china se convirtió en una tradición familiar. No se trataba solamente de una comida diferente, sino de un encuentro alrededor de platillos que, con el tiempo, terminaron formando parte de nuestros propios gustos.

El arroz frito, las verduras salteadas, las sopas, los rollos primavera y el pollo almendrado dejaron de sentirse ajenos para convertirse en sabores familiares.

Quienes crecieron en el puerto recuerdan nombres como El Pekín, El Oriental y El Janito, restaurantes que forman parte de la memoria colectiva mazatleca.

Aunque esos establecimientos históricos desaparecieron, sus nombres siguen apareciendo cuando las familias conversan sobre el Mazatlán de antes.

Otros negocios han mantenido viva esa tradición.

Jade, una historia de familia

La historia de Restaurant Jade está profundamente ligada a Raúl Chío Woo, cuyo nombre original era Tiau Chee.

Tras salir de China en la década de 1940, pasó por distintas ciudades mexicanas antes de establecerse en Mazatlán.

En 1955 abrió un restaurante en la calle Aquiles Serdán que ofrecía comida china, mexicana e incluso repostería, con servicio durante las 24 horas.

Años después, en 1990, nació Restaurant Jade, que continúa como un negocio familiar de cocina cantonesa en la calle Morelos, atendido por miembros de la familia Chío.

Sus platillos, su decoración y sus sabores forman parte de la experiencia gastronómica de generaciones de mazatlecos.

Jano y La Muralla China

También permanece Restaurante Jano, otro establecimiento vinculado a la historia de la familia Chío.

Su nombre tiene antecedentes en los primeros negocios de Raúl Chío Woo y posteriormente fue retomado por Blanca Chío y sus hijos para el restaurante ubicado en la calle Cinco de Mayo, frente al Asilo de Ancianos.

Por su parte, La Muralla China, fundada por Raymundo Chen, representa otra historia familiar.

Con el tiempo, la familia desarrolló un restaurante de cocina china y cantonesa adaptada también a los gustos de los sinaloenses.

Marina Chen, hija del fundador, ha formado parte de la continuidad y crecimiento del negocio familiar.

Cada restaurante cuenta una historia distinta, pero todos comparten algo: la cocina como una manera de conservar las raíces y, al mismo tiempo, formar parte de la vida mazatleca.

Quizá por eso, para muchos habitantes del puerto, la comida china ya no se percibe como una cocina lejana.

Es también una de las comidas con las que crecimos.

Apellidos que llegaron para quedarse

Los nombres también cuentan esta historia.

Ley, Wong, Chío, Woo, Yuen, Ung,

The full article is being collected. Available text is shown for now.

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