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El poder detrás del símbolo

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El 5 de febrero de 2024, Andrés Manuel López Obrador tenía una reforma judicial que presentar. No acudió a Querétaro, sede habitual de la conmemoración.

Eligió el antiguo Recinto Parlamentario de Palacio Nacional, donde se discutió y juró la Constitución de 1857. La fecha conmemoraba también la de 1917. La reforma quedaba inscrita en una genealogía nacional.

Ese es el procedimiento que suele faltar en el análisis electoral. Se cuentan votos, distritos, alianzas y presupuestos, pero se presta menos atención a quien logra establecer qué significa cada acontecimiento. Un símbolo no sustituye la realidad; le proporciona un marco para interpretarla.

El 15 de septiembre, a unas horas del Grito de Independencia, López Obrador firmó la promulgación de la reforma. Eso no resolvía las objeciones jurídicas, pero establecía un relato: una decisión del gobierno podía presentarse como continuación de las grandes disputas por la soberanía del país.

Había comenzado antes. El 2 de octubre de 2011, Morena se constituyó como asociación civil en el Auditorio Nacional. La fecha convocaba la memoria de Tlatelolco; «regeneración» sugería reparar un país deteriorado; «movimiento» ofrecía una pertenencia más amplia que la militancia partidista.

El nombre no era un programa de gobierno: condensaba una historia.

Ese es el código: tomar significados que existen en la memoria colectiva, enlazarlos con un agravio presente y convertirlos en una identidad duradera. En esa gramática, una derrota no cerraba necesariamente la disputa; podía ser narrada como prueba de una causa todavía pendiente. «Pueblo» señalaba al sujeto legítimo; «conservadores» delimitaba a sus adversarios; «Cuarta Transformación» inscribía un sexenio junto a Independencia, Reforma y Revolución.

Nada de esto significa que los ciudadanos fueran manipulados pasivamente. Un símbolo funciona porque encuentra experiencias que lo reconocen; también puede ser resistido, discutido o rechazado.

Y no explica por sí solo el crecimiento de Morena, que requirió organización, alianzas, programas y el desgaste de sus competidores. Pero ayuda a entender una dimensión que las encuestas no explican por sí solas: cómo una preferencia llega a vivirse como pertenencia.

El bastón muestra ese recorrido. En 2018, representantes de pueblos originarios entregaron un bastón de mando a López Obrador.

En 2023, él entregó otro a Claudia Sheinbaum como señal de relevo político. En 2025, autoridades indígenas y afromexicanas entregaron bastones de mando y servicio a la nueva Suprema Corte. Días después, la Corte incorporó el bastón a su identidad gráfica oficial.

No son ceremonias equivalentes. La Corte explicó que el emblema representaba servicio, inclusión y pluriculturalidad; el símbolo tiene historias comunitarias propias que ningún partido posee.

Precisamente por eso el dato importa: un objeto ceremonial llegó a formar parte de la imagen permanente del máximo tribunal. El símbolo había cambiado de escenario y de función.

En octubre de 2026, Morena regresó al Auditorio Nacional para celebrar quince años. Su dirigencia habló de unidad y de evitar disputas internas. El contraste es significativo: el movimiento que antes necesitaba convertir el desacuerdo con el poder en una causa compartida ahora debe administrar desacuerdos dentro del poder. Conserva palabras, fechas y rituales. Repetir una gramática no es crear significado.

Aquí asoma el reverso del código. Cuando «unidad» deja de convocar a los excluidos y comienza a utilizarse para descalificar preguntas incómodas; cuando «pueblo» se identifica sin matices con quienes gobiernan; cuando «transformación» sirve para defender una institución de cualquier escrutinio, el lenguaje que cuestionaba al poder puede terminar blindándolo.

No se demuestra en una ceremonia: hay que observar si las instituciones pueden investigar y corregir a los suyos.

ANTES DEL FIN

López Obrador les dejó una organización, sus símbolos y una historia. No podía legarles la operación que les daba sentido. Heredar el movimiento no significaba comprender su código.

El secreto nunca estuvo en el bastón ni en el calendario. Estuvo en la capacidad de hacer que una decisión política pareciera pertenecer a una historia anterior a quienes la tomaban.

Quince años después, la pregunta es si Morena puede permitir que los hechos contradigan el relato que le dio origen. Porque un símbolo abre una comunidad cuando le permite reconocerse; la encierra cuando le impide verse con claridad.

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