Manos que siembran futuro
Antes de que salga el sol, muchas mujeres ya están despiertas en el campo pinareño.
Algunas preparan el desayuno antes de salir de casa; otras caminan hacia el surco, llegan al establo o comienzan la jornada en una cooperativa. El día apenas empieza y para ellas ya lleva rato andando.
Son mujeres acostumbradas al trabajo duro, al sol, a la tierra pegada en los zapatos y a jornadas que pocas veces terminan cuando marca el reloj.
Participan directamente en la producción de alimentos y, muchas veces, al regresar a casa comienzan otra parte del trabajo que casi nunca aparece en estadísticas.
Cada 15 de octubre se celebra el Día Internacional de la Mujer Rural. La fecha permite reconocerlas, pero también mirar con más atención una realidad que permanece durante todo el año.
El 23 por ciento de la fuerza laboral del sector agropecuario cubano es femenina. La cifra dice mucho, pero no cuenta las historias que hay detrás: madres que trabajan y atienden una casa, mujeres que dirigen cooperativas, investigadoras vinculadas a la agricultura y campesinas que se levantan temprano para ordeñar, alimentar animales o entrar al campo.
En el sector estatal representan, además, poco más del 30 por ciento de los recursos humanos empleados en la agricultura y ocupan responsabilidades de dirección, puestos técnicos y científicos. Sin embargo, su presencia no debería medirse únicamente con porcentajes, también importan las condiciones en que trabajan, las oportunidades que reciben y el reconocimiento a su aporte.
Durante años, determinadas labores agrícolas fueron consideradas casi exclusivamente masculinas. Se repetía que algunos trabajos eran demasiado fuertes para una mujer o que su lugar estaba sobre todo en la casa y al cuidado de los hijos. La realidad, poco a poco, ha desmontado esos criterios.
Hoy hay mujeres en la cosecha cafetalera, las granjas, los secaderos, el tabaco, la actividad forestal y muchas otras áreas. Algunas conducen equipos, administran recursos o están al frente de cooperativas. Ya no necesitan demostrar cada día que pueden hacerlo: basta observarlas trabajando.
Y precisamente ahí está una parte importante de la igualdad. No se trata de demostrar que pueden hacerlo mejor que los hombres, sino de tener las mismas posibilidades de participar, aprender, asumir responsabilidades y ser valoradas por el trabajo que realizan.
Su aporte a la economía también se siente en lo cotidiano. Detrás de una cosecha, de cada litro de leche o de cada producción que llega al mercado existen muchas horas de trabajo.
A ello se suma otra economía menos visible: la del hogar. Para numerosas familias rurales, lo que una mujer siembra, cría o produce representa una parte importante del sustento familiar. De ahí pueden salir los alimentos, los gastos de los hijos o el dinero necesario para resolver una urgencia. También se habla cada vez más de empoderamiento femenino, una palabra que se entiende mejor cuando se lleva a la vida diaria. Está presente cuando una mujer recibe tierras en usufructo y produce por sí misma, cuando obtiene un crédito, dirige una cooperativa o aprende una técnica que le permite mejorar su producción.
Sin embargo, reconocer lo alcanzado no significa ignorar las dificultades. Algunas necesitan casitas infantiles más cercanas; otras requieren mayor acceso a financiamiento, capacitación, transporte o recursos para producir.
Persisten, además, prejuicios que todavía limitan oportunidades. A ello se añade la doble jornada. Una mujer puede pasar horas trabajando en el campo y, al regresar a casa, continuar entre la comida, la limpieza, los hijos y otras responsabilidades familiares. Cuando casi todo ese peso recae sobre ella, hablar de igualdad resulta más complejo. Por eso, reconocer a la mujer rural también implica mirar sus condiciones de vida. No basta con saber cuánto produce; importa cuánto descansa, qué posibilidades tiene de superarse y cuánto apoyo recibe dentro y fuera del hogar.
En Pinar del Río no hace falta ir muy lejos para encontrarlas. Están en las vegas de tabaco, las fincas, las cooperativas, los laboratorios, las oficinas y las comunidades rurales. Algunas acumulan muchos años de experiencia, otras comienzan ahora su camino. No todas tienen la misma historia.
Detrás de la expresión “mujer rural” hay personas diferentes, con proyectos, preocupaciones, sueños y maneras distintas de mirar el futuro.
Por eso, este 15 de octubre debería servir no solo para reconocerlas, sino también para escucharlas: saber qué necesitan, qué les preocupa, qué quisieran cambiar y qué esperan para sus familias y para ellas mismas.
Valorar a una mujer del campo no consiste únicamente en dedicarle palabras bonitas una vez al año. También significa procurar mejores condiciones de trabajo, mayores oportunidades y un reconocimiento justo a lo que aporta. Cuando pase la fecha, muchas volverán a levantarse temprano. El sol las encontrará en el surco, el establo, una cooperativa, un laboratorio o una oficina.
Así son sus días, sin grandes discursos. Mujeres que están ahí, trabajando, y que sostienen una parte imprescindible de la vida rural pinareña.
Antes de que salga el sol, muchas mujeres ya están despiertas en el campo pinareño.
Algunas preparan el desayuno antes de salir de casa; otras caminan hacia el surco, llegan al establo o comienzan la jornada en una cooperativa. El día apenas empieza y para ellas ya lleva rato andando.
Son mujeres acostumbradas al trabajo duro, al sol, a la tierra pegada en los zapatos y a jornadas que pocas veces terminan cuando marca el reloj.
Participan directamente en la producción de alimentos y, muchas veces, al regresar a casa comienzan otra parte del trabajo que casi nunca aparece en estadísticas.
Cada 15 de octubre se celebra el Día Internacional de la Mujer Rural. La fecha permite reconocerlas, pero también mirar con más atención una realidad que permanece durante todo el año.
El 23 por ciento de la fuerza laboral del sector agropecuario cubano es femenina. La cifra dice mucho, pero no cuenta las historias que hay detrás: madres que trabajan y atienden una casa, mujeres que dirigen cooperativas, investigadoras vinculadas a la agricultura y campesinas que se levantan temprano para ordeñar, alimentar animales o entrar al campo.
En el sector estatal representan, además, poco más del 30 por ciento de los recursos humanos empleados en la agricultura y ocupan responsabilidades de dirección, puestos técnicos y científicos. Sin embargo, su presencia no debería medirse únicamente con porcentajes, también importan las condiciones en que trabajan, las oportunidades que reciben y el reconocimiento a su aporte.
Durante años, determinadas labores agrícolas fueron consideradas casi exclusivamente masculinas. Se repetía que algunos trabajos eran demasiado fuertes para una mujer o que su lugar estaba sobre todo en la casa y al cuidado de los hijos. La realidad, poco a poco, ha desmontado esos criterios.
Hoy hay mujeres en la cosecha cafetalera, las granjas, los secaderos, el tabaco, la actividad forestal y muchas otras áreas. Algunas conducen equipos, administran recursos o están al frente de cooperativas. Ya no necesitan demostrar cada día que pueden hacerlo: basta observarlas trabajando.
Y precisamente ahí está una parte importante de la igualdad. No se trata de demostrar que pueden hacerlo mejor que los hombres, sino de tener las mismas posibilidades de participar, aprender, asumir responsabilidades y ser valoradas por el trabajo que realizan.
Su aporte a la economía también se siente en lo cotidiano. Detrás de una cosecha, de cada litro de leche o de cada producción que llega al mercado existen muchas horas de trabajo.
A ello se suma otra economía menos visible: la del hogar. Para numerosas familias rurales, lo que una mujer siembra, cría o produce representa una parte importante del sustento familiar. De ahí pueden salir los alimentos, los gastos de los hijos o el dinero necesario para resolver una urgencia. También se habla cada vez más de empoderamiento femenino, una palabra que se entiende mejor cuando se lleva a la vida diaria. Está presente cuando una mujer recibe tierras en usufructo y produce por sí misma, cuando obtiene un crédito, dirige una cooperativa o aprende una técnica que le permite mejorar su producción.
Sin embargo, reconocer lo alcanzado no significa ignorar las dificultades. Algunas necesitan casitas infantiles más cercanas; otras requieren mayor acceso a financiamiento, capacitación, transporte o recursos para producir.
Persisten, además, prejuicios que todavía limitan oportunidades. A ello se añade la doble jornada. Una mujer puede pasar horas trabajando en el campo y, al regresar a casa, continuar entre la comida, la limpieza, los hijos y otras responsabilidades familiares. Cuando casi todo ese peso recae sobre ella, hablar de igualdad resulta más complejo. Por eso, reconocer a la mujer rural también implica mirar sus condiciones de vida. No basta con saber cuánto produce; importa cuánto descansa, qué posibilidades tiene de superarse y cuánto apoyo recibe dentro y fuera del hogar.
En Pinar del Río no hace falta ir muy lejos para encontrarlas. Están en las vegas de tabaco, las fincas, las cooperativas, los laboratorios, las oficinas y las comunidades rurales. Algunas acumulan muchos años de experiencia, otras comienzan ahora su camino. No todas tienen la misma historia.
Detrás de la expresión “mujer rural” hay personas diferentes, con proyectos, preocupaciones, sueños y maneras distintas de mirar el futuro.
Por eso, este 15 de octubre debería servir no solo para reconocerlas, sino también para escucharlas: saber qué necesitan, qué les preocupa, qué quisieran cambiar y qué esperan para sus familias y para ellas mismas.
Valorar a una mujer del campo no consiste únicamente en dedicarle palabras bonitas una vez al año. También significa procurar mejores condiciones de trabajo, mayores oportunidades y un reconocimiento justo a lo que aporta. Cuando pase la fecha, muchas volverán a levantarse temprano. El sol las encontrará en el surco, el establo, una cooperativa, un laboratorio o una oficina.
Así son sus días, sin grandes discursos. Mujeres que están ahí, trabajando, y que sostienen una parte imprescindible de la vida rural pinareña.
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