El fantasma de las elecciones pasadas

Entramos en la segunda mitad de octubre con temperaturas que rozan los treinta grados en buena parte de España. Sin embargo, este ambientillo preelectoral que nos inunda desprende un aire a «Cuento de Navidad» de Dickens . No porque tengamos la capacidad de situar la mente en el 29 de noviembre de la votación, que nos pillará con cuatro semanas de horario de invierno a la espalda y con la iluminación festiva operativa incluso más allá de Vigo.
Para entonces habrán caído ya varias cenas de empresa. Sí porque en las dos orillas que se disputan el próximo Gobierno se percibe una influencia determinante de cómo transcurrió la última cita electoral. Ambas parecen estar bajo el influjo del fantasma de las elecciones pasadas.
La del Gobierno se ilusiona pensando en la remontada. Dice Carlos Padilla que ha creído ver a Iván Redondo situando al PSOE al filo de la absoluta cuando ha ido a la nevera a por un yogur. Los «analistas» más próximos a sus tesis suelen compartir sus ocurrencias propias con ese tonito, tan marca de la casa, que enfatiza que sólo ellos se están fijando en lo realmente importante.
El CIS ha dado munición a estos sueños. Uno de los argumentos más pintorescos con los que te explican que «hay partido» es la corrección de las encuestas que realizan las empresas privadas con el mismo desvío en el que cada una incurriera en 2023. Esta sí que es buena. Como si ellas mismas se dirigieran ufanas a caer en la misma zanja sin ponerle remedio. La impresión general es que, contradiciendo el consejo de Tony Montana , estos prescriptores parece que se han colocado con su propia mercancía.
En la orilla de la oposición se teme que la carrera electoral se desarrolle bajo la misma lógica del tropiezo que la privó del poder cuando ya lo acariciaba con la yema de los dedos. Se entiende la contención, dado el precedente. El «por fin» de la fachada de Génova fue un recursito eficaz para espantar esos medios. La dinámica de las últimas jornadas ha sido algo distinta. Los pódcast los carga el diablo. Todo da sensación de sobreactuación oficialista. Cualquiera diría que había necesidad por cambiar de tema. El final desgraciado de Maricarmen parece ahora una noticia que tuviera varios años de antigüedad. El caso es que ahora hablamos de pensiones, gracias a la proverbial capacidad de enredarse del equipo de Feijóo. Aquí el referente sería más bien Jessica Rabbit . A los del PP, simplemente, los han dibujado así.
Estas evocaciones de 2023 parten de algún supuesto algo deformado con el paso de todo este tiempo. Empezando por el propio resultado del PSOE. Aquello fue un gran éxito personal de Pedro Sánchez , sí. Pero conviene no desenfocar lo que logró: retener el Gobierno gracias al apoyo de siete formaciones políticas que, juntas, sumaban ocho diputados más que el bloque PP-Vox, al que le faltaron cinco para poder gobernar. Era lo máximo a lo que podía aspirar. Para poder decir «somos más» tuvo que mezclar a varios actores difícilmente compatibles entre sí. Nunca fue, por tanto, el colmo de la popularidad. Desde ese punto de partida harto precario ha tenido que ir capeando las tempestades múltiples de la legislatura. ¿No han pasado suficientes cosas en este tiempo como para que no se produzca un desplazamiento tan pequeño?
Tanto la euforia (¿fingida? ¿espontánea?) de unos como el temor de los otros se cimentan en la idea, más bien discutible, de que la España sociológica sea hoy exactamente la misma que hace cuarenta meses.
No seremos tan osados como para hacer un pronóstico preciso desde aquí. Ni idea de cuánto va a sacar el PP y cuánto va a obtener Vox. Pero sí diremos que las posibilidades de que el actual presidente repita en el cargo se nos antojan muy remotas. Escrito queda, con el riesgo que supone tener que deglutir las propias palabras en el futuro. Si llegáramos a vernos en ese trance -metafórico, por favor, que no tenemos edad para someter al estómago a según qué gracietas- sí sentiríamos con claridad una presencia que no puede ser otra que la del fantasma de las elecciones pasadas.
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