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El rostro de Amaranto

https://staticprd.minuto30.com/wp-content/uploads/2026/05/Mauricio-Correa-La-oveja-roja-de-la-familia-WEBP-1.webp En el Atanasio Girardot, esa noche de clásico por los cuartos de final de la Copa BetPlay, el Deportivo Independiente Medellín no solo perdió 3-2 ante Atlético Nacional. Perdió también la cara. Y esa cara, la que se proyectó desde la banca hasta el césped, tenía un nombre y un apellido: Amaranto Perea. Fue el rostro de la derrota.

Primero fue el pánico. Desde el pitazo inicial, el rival de patio se adueñó del balón, del ritmo, del espacio y de la voluntad. El Poderoso se veía confundido, errático, perdido en su propia casa prestada. No encontraba salida, no recuperaba, no imponía. Cada pase se convertía en un grito de auxilio y cada transición en una invitación al equipo del frente para seguir dominando.

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El rostro de Amaranto, tenso, fruncido, era el mismo que mostraba su equipo: el de quien sabe que algo

se le escapa de las manos y no encuentra cómo detenerlo.

Luego llegó la preocupación. Una y otra vez, en balones quietos, la defensa del Medellín se derrumbaba. César “Gancho de Burra” Haydar aparecía como fantasma en el área, anticipaba, ganaba el duelo aéreo y castigaba. El colmo del sufrimiento: el mismo jugador, en la misma clase de jugada, volvía a imponerse

sobre una zaga que parecía no haber aprendido la lección.

No era solo un gol; era el síntoma de una vulnerabilidad crónica. La cara de Amaranto se endurecía, de

preocupación a angustia. Porque el patrón se repite partido tras partido. La defensa sigue siendo el talón de Aquiles, el punto débil que poco o nada parece haberse trabajado con la contundencia que exige un club de esta dimensión. Fácil para el rival, desbordada una y otra vez, esa línea defensiva le robaba la tranquilidad al técnico y a la hinchada.

Y sin embargo, en el segundo tiempo, asomó una cara distinta: la de la esperanza.

El equipo reaccionó. Empujó, creyó, marcó dos goles y por momentos logró inquietar al rival, generar esa preocupación que antes solo sentía el lado rojo. Fue un destello de dignidad, un intento de rescatar el orgullo en un clásico que se le había ido de las manos. Esa reacción momentánea iluminó el rostro de Amaranto con un atisbo de alivio, como quien ve que todavía hay vida en el proyecto, que

aún se puede pelear.

Pero al final del camino, cuando el marcador se detuvo en 3-2 y Nacional avanzó a semifinales, el rostro de Amaranto Perea ya no era solo el del pánico, la preocupación, la angustia o la esperanza. Era el de la derrota. El de quien mira a las gradas y descubre que la fe se agota. Porque la hinchada del Deportivo

Independiente Medellín ya no empieza a creer en su propuesta como técnico.

Ya no alcanza con los destellos de reacción ni con las promesas de trabajo. El rostro que se vio en el Atanasio no fue solo el de un partido perdido; fue el reflejo de un proceso que se desdibuja, de una idea que la gente ya no compra con la misma convicción de antes.

Amaranto miró el césped y vio el espejo de su propio rostro: un equipo que en el primer tiempo se disolvió, que en balón parado se entregó, que en defensa se mostró frágil y que solo al final intentó resucitar. Ese rostro, hoy, es el de la derrota. Y en el fútbol, cuando la hinchada deja de creer, el técnico empieza a quedarse solo con su cara frente al espejo.

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