Compré la solución a todos mis problemas

Hay compras que hacemos convencidos de que, por fin, encontramos la solución a nuestros problemas. Después de mucho buscar, comparar precios, visitar almacenes, preguntar por características, ventajas, capacidades y garantías, sentimos que ha llegado el momento de cambiar nuestras vidas. ¡Esta vez sí acertamos!
Llevamos semanas, meses y hasta años soñando con ese objeto maravilloso. Lo hemos visto tantas veces en las vitrinas que el vendedor ya nos saluda como si fuéramos familiares. Preguntamos lo mismo una y otra vez, como si de una visita a otra el aparato hubiera aprendido nuevas funciones.
Finalmente, después de hacer cuentas, revisar el presupuesto y escuchar las opiniones de familiares y amigos —aunque a veces solo escuchamos lo que nos conviene—, tomamos la gran decisión.
¡Lo compramos!
La felicidad es indescriptible. Cuando llega a casa, sentimos que hemos realizado una inversión extraordinaria. Le contamos a todo el mundo: a los amigos, a los vecinos, a los compañeros de trabajo y hasta al señor que viene a revisar el medidor de la luz. Si pudiéramos, publicaríamos una fotografía en las redes sociales con el mensaje: «¡Por fin llegó!».
El entusiasmo es tan grande que inmediatamente procedemos a instalarlo, armarlo o ubicarlo en el sitio que llevamos semanas preparando. Hemos medido el espacio, movido los muebles y hasta discutido con nuestra esposa porque ella quería ponerlo en otro lugar.
Pero entonces aparece el primer inconveniente: las instrucciones.
Ese documento parece escrito por un ingeniero que estudió en otro planeta. Trae dibujos diminutos, piezas numeradas, tornillos de diferentes tamaños y unas flechas que, en lugar de aclararnos las cosas, nos confunden todavía más. Uno mira las ilustraciones, mira las piezas y vuelve a mirar las ilustraciones, hasta convencerse de que el fabricante se equivocó al imprimirlas.
Sin embargo, nosotros podemos con todo. No necesitamos ayuda, asesoría ni consejos. ¿Cómo vamos a permitir que un mueble, un aparato o una simple barra metálica nos haga quedar mal en nuestra propia casa?
¡Faltaría más!
Comenzamos con entusiasmo. Separamos las piezas, organizamos los tornillos y buscamos las herramientas. A los quince minutos ya nos sobran dos arandelas y nos falta una pieza que, según las instrucciones, debería estar ahí.
No importa. Continuamos.
Media hora después, empezamos a sudar. Una hora más tarde, las palabras que pronunciamos ya no son aptas para menores. A las dos horas tenemos un objeto que se parece vagamente a lo que compramos, pero que nadie se atrevería a utilizar por temor a que se desarme al primer movimiento.
Nuestra esposa, que ha observado la operación desde cierta distancia, se acerca discretamente.
—¿Quieres que te ayude?
—No, mi amor. Ya casi termino.
Esa frase, «ya casi termino», puede significar cinco minutos, dos horas o una segunda jornada laboral. Es una expresión de esperanza que utilizamos para proteger nuestro orgullo y evitar que alguien descubra que estamos completamente perdidos.
Ella mira las piezas, revisa el manual y, después de unos segundos, señala una barra.
—¿Y esa no va al otro lado?
La miramos con desconfianza. Revisamos el dibujo. Volvemos a mirar la barra. Y entonces descubrimos la tragedia: tenía razón.
La barra estaba al revés.
Dos horas de esfuerzo, tres discusiones con las instrucciones y varios tornillos maltratados para descubrir algo que nuestra esposa vio en diez segundos. Pero reconocerlo sería demasiado. Así que respondemos:
—Eso lo puse así para que quedara más firme. Ahora tengo que desmontarlo para hacerle unos ajustes.
¡Ajustes! Una palabra elegante para no admitir que metimos la pata.
Lo desmontamos, lo armamos de nuevo y, finalmente, conseguimos que el mueble se parezca a la fotografía de la caja. Nos limpiamos el sudor, recogemos las herramientas y contemplamos nuestra obra con la satisfacción de quien acaba de construir el canal de Panamá.
Después de todo, compramos aquel objeto para facilitarnos la vida, pero terminamos dedicándole una tarde completa, gastando energía, perdiendo la paciencia y poniendo a prueba la estabilidad de nuestro matrimonio.
Y lo más curioso es que, cuando por fin conseguimos utilizarlo, descubrimos que tampoco era para tanto. Que podíamos haber vivido perfectamente sin él. Que el anterior todavía funcionaba. O que, sencillamente, compramos algo que nos gustó sin preguntarnos si realmente lo necesitábamos.
Pero ya es demasiado tarde. La caja está en la basura, el dinero salió de la cuenta y el orgullo quedó ligeramente golpeado.
Eso sí, cuando llega un amigo de visita, le mostramos orgullosos nuestra adquisición y le explicamos todas sus maravillosas funciones. Si nos pregunta si fue fácil armarla, respondemos sin titubear:
—¡Facilísimo! En diez minutos estaba lista.
Porque hay compras que nos cuestan dinero, otras que nos cuestan tiempo y algunas que nos cuestan la paciencia. Pero ninguna nos cuesta tanto como reconocer que nuestra esposa tenía razón desde el principio. Y, finalmente, cuando nuestra esposa nos pregunta qué tal nos salió el aparato, sacamos pecho, levantamos la cabeza y respondemos con absoluta seguridad:
—¡Esto es lo máximo, mi amor! ¡La mejor compra que hemos hecho!
Aunque por dentro, mientras miramos la factura, tengamos que reconocer que metimos la pata hasta el fondo. Pero una cosa es equivocarse y otra muy distinta darle a la esposa el gusto de tener la razón. ¡Tampoco hay que abusar de la garantía!
El autor es ingeniero retirado.
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