La ese que nos sostiene

Panamá no está parada, está acostada. Si la miramos en el mapa, nuestro istmo es una elegante ese acostada, una curva que se recuesta entre el Caribe y el Pacífico como quien descansa durante un largo viaje. Por un capricho geológico, esta franja de tierra terminó uniendo continentes y separando las aguas.
Pero esa forma acostada no significa quietud. Bajo el territorio hay fuerzas que no vemos y movimientos que apenas recordamos hasta que la tierra nos obliga a sentirlos. El terremoto del pasado nueve de octubre estremeció la ese y dejó tristeza, dolor e incertidumbre en muchas comunidades.
La península de Azuero, esa lengua de tierra que se asoma al sur como la panza de la ese, conoce de antiguas sacudidas. En 1913, un terremoto con epicentro en la región de Tonosí causó graves daños en poblados del sur de la península. Más de un siglo después, el miedo volvió a entrar en las casas y a alterar la vida cotidiana.
Escribo profundamente conmovida por lo que acabamos de vivir. Las imágenes de viviendas dañadas, familias fuera de sus hogares y comunidades pendientes de las réplicas nos recuerdan cuán frágil puede ser aquello que consideramos seguro.
Puedo contar anécdotas de terremotos vividos en la Ciudad de México. Sin embargo, recordar una experiencia no es lo mismo que enfrentarla de nuevo, ahora desde otra edad y con una preocupación distinta por quienes sufren. Los noticieros ya no muestran solamente lugares: muestran personas que podrían ser nuestros familiares, nuestros vecinos o nosotros mismos.
La imaginación nos permite recorrer escenarios fantásticos, entrar en mundos misteriosos y acompañar a personajes que superan pruebas extraordinarias. En los cuentos, esperamos un desenlace que dé sentido a la incertidumbre. En la vida, ese desenlace no está escrito: depende también de nuestras decisiones.
De niños, muchos hemos escuchado una voz que pronuncia nuestro nombre y nos devuelve la calma después de una pesadilla. Hoy hay familias que necesitan una presencia semejante: alguien que las escuche, las acompañe y les ayude a recuperar la seguridad perdida. Para ellas, despertar no ha significado que termine el miedo.
Nuestra ese acostada puede imaginarse también como una embarcación. Compartimos un territorio y un destino, aunque no todos viajemos en las mismas condiciones. Cuando llega una tormenta, quedan expuestas las diferencias: unos encuentran protección inmediata; otros necesitan ayuda para ponerse a salvo.
En esa embarcación, quienes tienen la responsabilidad de gobernar deben conocer el rumbo, escuchar a la tripulación y atender a los pasajeros. La capacidad de conducir se demuestra cuando el viaje se vuelve difícil, cuando hay que organizar la respuesta y llegar a quienes esperan auxilio.
Pero ningún capitán puede hacerlo todo por sí solo. También cuentan quienes rescatan, atienden a los heridos, revisan las estructuras, distribuyen alimentos o acompañan a una persona asustada. Cada tarea aporta algo indispensable para que el país recupere el equilibrio.
En estos días, la solidaridad ha abierto caminos. Hay manos dispuestas a compartir, personas que ofrecen su tiempo y comunidades que se organizan para cuidar a sus miembros. Esa energía humana es una forma de esperanza: nace del encuentro y de la capacidad de reconocer el dolor ajeno.
Desde mi fe, encuentro consuelo en Emmanuel: Dios con nosotros. Esa presencia también la reconozco en quien se acerca al que sufre, en quien ayuda sin buscar reconocimiento y en quien cumple su deber con sensibilidad. La fe me sostiene y me impulsa a actuar.
El terremoto cambió en minutos el horizonte de muchos panameños. Lo que parecía firme dejó de serlo; lo cotidiano se convirtió en una urgencia. Ahora debemos acompañar a quienes enfrentan pérdidas y pensar cómo prepararnos mejor para futuras emergencias.
Nuestra hermosa ese acostada sigue siendo Panamá. Es el territorio que habitamos, la memoria que compartimos y la responsabilidad que tenemos unos con otros. Su forma permanece en el mapa, pero la manera de cuidarla depende de nosotros.
La tierra nos despertó entre gritos y escombros. Ojalá ese despertar perdure cuando cesen las réplicas y las noticias cambien de tema. Habrá familias que todavía necesitarán apoyo y comunidades cuya recuperación exigirá tiempo, atención y compromiso.
Panamá está acostada en el mapa. Que permanezca despierta en nuestra conciencia.
La autora es licenciada en Filosofía, Letras y Educación.
The full article is being collected. Available text is shown for now.