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La vida puede cambiar en un segundo

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El terremoto del pasado 9 de octubre me hizo reflexionar nuevamente sobre una verdad que todos conocemos, pero que frecuentemente olvidamos: la vida puede cambiar en un segundo.

Un accidente, un infarto, un diagnóstico de cáncer, la muerte de un ser querido, una crisis de salud mental o una gran pérdida económica pueden transformar nuestra existencia inesperadamente. A veces basta una llamada telefónica para dividir nuestra vida entre un antes y un después.

Con los años he comprendido que muchas de las cosas que consideraba indispensables no lo eran tanto. He dedicado buena parte de mi vida a asumir riesgos en los negocios y a desarrollar proyectos, procurando bienestar para mi familia. Sigo creyendo profundamente en el esfuerzo, el ahorro, la inversión y la creación de riqueza.

El dinero es importante. Nos permite vivir dignamente, educar a nuestros hijos, cuidar nuestra salud, prepararnos para la vejez y ayudar a quienes más lo necesitan. La pobreza no nos hace necesariamente virtuosos ni la prosperidad nos hace menos humanos. Lo importante es cómo obtenemos, administramos y compartimos nuestros recursos. El problema comienza cuando el dinero deja de ser un instrumento y se convierte en nuestro amo y señor.

He aprendido que existe una diferencia entre tener una buena vida y vivir una vida buena. La primera suele asociarse con comodidad, seguridad y bienestar material. La segunda tiene que ver con nuestros valores, nuestras relaciones, nuestra conciencia y el bien que hacemos a los demás. Lo ideal sería procurar ambas, sin sacrificar la segunda por alcanzar la primera.

¿De qué sirve acumular riquezas si perdemos nuestra salud, nuestra familia o nuestra paz interior?

La salud física merece nuestra atención cotidiana. Alimentarnos adecuadamente, hacer ejercicio, descansar y atender oportunamente las señales de nuestro cuerpo son formas de valorar el regalo de estar vivos.

Pero nuestra salud mental es igualmente importante. La depresión, la ansiedad y las adicciones pueden convertirse en terremotos interiores, dolorosos para quienes están cerca e invisibles para quienes están lejos. He comprendido que reconocer nuestras vulnerabilidades, pedir ayuda y aceptar acompañamiento requieren más valentía que aparentar una fortaleza que no siempre tenemos.

En el estoicismo encuentro una enseñanza particularmente valiosa: distinguir entre aquello que depende de nosotros y aquello que escapa de nuestro control. No podemos impedir todas las tragedias, enfermedades o pérdidas, pero sí podemos prepararnos, cuidar nuestras decisiones y elegir cómo responder ante la adversidad.

Una antigua expresión latina, memento mori , nos recuerda nuestra condición mortal: «Recuerda que morirás». Lejos de ser una invitación al pesimismo, nos anima a reconocer que el tiempo es limitado y que cada día constituye una oportunidad irrepetible.

Como católico, encuentro en esta reflexión un significado todavía más profundo. La vida es un regalo de Dios y la muerte no representa el final de nuestra esperanza. Estar preparados para ese momento significa procurar vivir en gracia de Dios, reconciliarnos, pedir perdón, perdonar y confiar en su infinita misericordia.

La gracia de Dios no nos garantiza una vida sin sufrimientos, pero nos sostiene y fortalece cuando nuestras propias fuerzas parecen insuficientes.

También he aprendido que vivir el presente es uno de nuestros mayores desafíos. Podemos pasar años castigándonos por decisiones del pasado o preocupándonos por acontecimientos futuros, mientras dejamos escapar lo único que realmente tenemos: el hoy.

Vivir el presente no significa abandonar nuestros sueños ni nuestras responsabilidades. Significa trabajar por el mañana sin sacrificar los momentos que jamás podremos recuperar.

Un abrazo a nuestros hijos, una conversación con nuestros padres, una tarde con nuestros nietos, una visita a un amigo enfermo o una palabra de aliento a quien atraviesa una depresión pueden tener mucho más valor que cualquier adquisición material.

El terremoto nos recordó que nuestra fragilidad no distingue clases sociales, religiones ni condiciones económicas. También nos mostró la extraordinaria capacidad de solidaridad de los panameños.

Ayudar no consiste solamente en donar dinero, alimentos o medicinas. También significa escuchar, acompañar, consolar y estar presentes. Muchas veces, lo que más necesita una persona que sufre no es que resolvamos sus problemas, sino saber que no está sola.

Quizás esta experiencia nos está invitando a revisar nuestras prioridades.

Necesitamos menos apego a las cosas materiales y más amor. Menos orgullo y más humildad. Menos indiferencia y más solidaridad. Menos preocupaciones innecesarias y más gratitud.

Podemos prosperar económicamente sin perder nuestra humanidad. Podemos cuidar nuestra salud física y mental, fortalecer nuestras familias y aprender a disfrutar las pequeñas alegrías que tantas veces damos por sentadas.

No esperemos a que la vida nos cambie en un segundo para comenzar a cambiar nuestra manera de vivir.

Porque no podemos decidir cuánto tiempo vamos a vivir, pero sí cuánto amor, paz y solidaridad ponemos en el tiempo que tenemos.

El autor es empresario, consultor, caballero de la Orden de Malta.

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